Observemos a Volodímir Zelenski. Aquel actor fresco y carismático dio vida a un profesor común que defendía con tanto ahínco los valores y la democracia en clase que un alumno viralizó su discurso y pronto, sin buscarlo ni planearlo, se vio convertido en presidente de Ucrania. En la serie que le hizo famoso, Servidor del pueblo, luchaba como un Quijote ingenuo contra los modos asentados de unos prebostes que habían aprendido a esquilmar todo lo que pudiera depararles el poder. Después, la serie se hizo realidad, él saltó a la política de verdad. Y ganó.

Quizá por ello, por su imagen jovial y candorosa, sin ninguno de los rasgos que endurecen el gesto y agrandan el estómago de los que están arriba y lo disfrutan, casi nadie daba un duro por él cuando Putin atacó ferozmente su país en febrero de 2022. El cómico parecía destinado a un exilio rápido en cualquier país occidental.

Pero Zelenski, hoy 47 años, aguantó. No solo aguantó, sino que supo encarnar la firmeza de un país que plantó cara al gigante, que resistió y que se bate el cobre por defender su soberanía ante un agresor desalmado. Vestido desde entonces con la sobriedad de la guerra, el gesto adusto, el mensaje nítido, su rostro ha transmitido al mundo la entereza y el liderazgo capaces de sostener la ambiciosa esperanza de que David podía vencer a Goliat.