“Ucrania no es Rusia”, coreaban los manifestantes que han protestado esta semana en las calles de Ucrania contra su presidente, Volodímir Zelenski. Ucrania no es Rusia porque tiene una sociedad civil conjurada desde 2014, desde la revolución proeuropea del Maidán, en defender la democracia y reformar un país con una corrupción sistémica a todos los niveles. Zelenski ha puesto en entredicho el legado del Maidán, explican a EL PAÍS algunos veteranos de aquel movimiento prodemocrático y a favor de Europa, con la ley que aprobó el martes su mayoría absoluta en el parlamento para anular la independencia de las agencias anticorrupción.
“Zelenski entró en tierras movedizas pero, por suerte para él, se dio cuenta del peligro y ha rectificado rápido”, explica Petro Burkovski, director de la Fundación para las Iniciativas Democráticas (DIF) y participante en el Maidán y en la primera revolución proeuropea, la de 2004. La rectificación de la que habla Burkovski es la nueva ley que registró el presidente el jueves en la Rada, el Parlamento, para restablecer la independencia de la Oficina Nacional Anticorrupción (NABU, por sus siglas en inglés) y de la Fiscalía Anticorrupción (SAPO). Está previsto que esta norma se vote el 31 de julio.









