Mucho antes de que los cruceros surcaran las aguas del Adriático, Opatija era ya la ciudad balneario más visitada del Imperio austrohúngaro. Después de que Venecia se incorporase definitivamente al nuevo reino de Italia, la alta sociedad de Viena y Budapest sustituyó el Lido por esta pequeña localidad croata. Los primeros huéspedes solían acercarse en invierno, convencidos de que la brisa del mar limpiaría sus pulmones como recomendaban los médicos. Con el tiempo, la bu...

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rguesía se acostumbró a pasar aquí también los veranos. Hoy Opatija sigue siendo un destino muy apreciado por austriacos y húngaros, que se acercan en coche desde sus respectivos países.

Ubicada en la bahía de Kvarner, entre la península de Istria y la costa dálmata, Opatija se extiende a lo largo de ocho kilómetros por un litoral suavemente accidentado. Del viento mistral la protegen las montañas de Učka, un parque natural que recorren los senderistas y que alcanza los 1.000 metros de altura. Desde los hoteles decimonónicos de la población se divisan hacia el sur las islas de Krk y Cres, a las que salen excursiones en ferri casi todos los días.

Aunque ahora Opatija está perfectamente comunicada por autovía con Liubliana, Trieste y Zagreb, los primeros turistas empezaron a llegar en barcas de madera, que pertenecían a los pescadores de la zona. Hasta 1844 lo único que había en este lugar era un monasterio del siglo XV, del que todavía se conserva la iglesia de Santiago. Por este motivo Opatija significa en serbocroata “abadía”. Fue un empresario italiano quien pensó que este era un entorno idílico para construirse una residencia de recreo, y la bautizó con el nombre de Abbazia. Ignazio Scarpa formaba parte de la élite empresarial de la vecina ciudad de Rijeka, en la que convivían bajo el Imperio austrohúngaro distintas nacionalidades y en la que en 1919 el escritor Gabriele D’Annunzio proclamó la República de Fiume. Tal vez este fuera el final de la época dorada de Opatija, pero ya entonces se había convertido en un centro de peregrinación para artistas y personalidades de todo el mundo. Gracias a la llegada del tren y al hotel Kvarner, levantado en 1884 por la Sociedad Vienesa de Ferrocarriles del Sur, la población reunía todas las condiciones necesarias para atraer a los huéspedes más chics. El edificio sigue llamando la atención, con su fachada de columnas y un suntuoso salón de baile que cuelga sobre el mar.