Tres postales veraniegas del último mes: el torneo de tenis de Wimbledon en Londres, el festival de música techno en el desierto de los Monegros y la celebración del Orgullo en Madrid. Aparentemente no tienen nada en común, pero si se miran con detenimiento en todas el público combate el calor con un abanico en la mano. No es lo único que comparten: en las tres se puede ver a cientos de hombres abanicándose como si lo hicieran siempre. Pero lo cierto es que, fuera de estos eventos concretos, sigue sin ser del todo común que un hombre luzca un abanico a diario sin llamar la atención. Un gesto tan sencillo y placentero como abrirlo para airearse sigue arrastrando todo tipo de prejuicios. Aún en plena ola de calor.

El conflicto es casi una cuestión gramatical. Pocos hombres se oponen al verbo, abanicarse. En realidad, casi todos lo hacen como acto reflejo para refrescarse. El problema llega con el nombre y, sobre todo, con el determinante posesivo, su propio abanico. Cuando lo necesitan, la mayoría recurre a abanicos ajenos o, en su defecto, a todo tipo de invenciones, de periódicos a panfletos o la propia camisa. Todo menos escoger un abanico, comprarlo y cargarlo durante el día.

Javier Llerandi, al frente de la histórica tienda de abanicos Casa de Diego en Madrid, no tiene dudas al respecto: “Lo más normal es que los señores se lo quiten a sus novias o amigas cuando lo necesitan. Son puros estereotipos”. Esos prejuicios, que lo vinculan solo con la feminidad se construyeron durante siglos, pero el camino para acabar con ellos también viene de largo.