A veces, ensoñada, fantaseo con fundar una brigada de pueblerinos encapuchados dedicada a ahuyentar a pedradas a las parejas de comerciales que suben en coche al pueblo las mañanas laborables, aprovechando que a esas horas sólo hay jubilados en casa, a llamar puerta a puerta y meter miedo a las vecinas con cuentos de okupas y asaltacamas, para venderles alarmas.
Desde este estado de espíritu escribo hoy esta columna. Porque manda huevos que tenga que venir yo, la defensora convencida de la cocina casera, a romper una lanza por el Avecrem, el rey indiscutible de las pastillas ultraprocesadas de caldo instantáneo. Pero no me queda otra: el miércoles, Asunta, mi querida suegra, me llamó alterada porque en el teléfono le había salido un vídeo que decía que el Avecrem era veneno, y ella tiene por costumbre poner siempre un poquito de pastilla en la sopa, porque a su marido le encanta. Lo ha hecho toda la vida, y ahora: ¡qué apuro! ¡qué disgusto! ¡y yo sin saberlo! Y lo dejo aquí, que me caliento.
En el vídeo en cuestión, el dietista Miodrag Borges afirma, literalmente, que el Avecrem es uno de los peores productos que jamás se han creado en el sector de la alimentación. A continuación, muestra un tarro de cristal y a él va añadiendo los ingredientes que figuran en la etiqueta del susodicho, siguiendo las proporciones indicadas por el fabricante: un 54,3% de sal, un 10% de glutamato monosódico y almidón de maíz, un 8% de aceite de palma, un 6% de pollo y, finalmente, un 1% de una mezcla de cebolla, perejil, puerro, tomate, apio y otras hortalizas.






