Cuando empieza a apretar el calor no queremos renunciar a nuestro hidrato favorito –la pasta, por si hay alguna duda–, pero sí podemos bajarle la temperatura. ¡Adiós lasañas y pastas al horno, hola ensaladas frías! La ensalada de pasta no es un crimen salvo que le pongas mayonesa; y aun así, eso es discutible (aunque no delante de un italiano, claro).
Para preparar una pasta fredda –que así la llaman en Italia– hay dos formas de enfriar la pasta. La directa: pasándola rápidamente por el grifo de agua fría. En ese caso, sacúdela bien en el colador y sécala un poco más con un trapo limpio. Y la indirecta: escurrirla muy al dente y mezclarla con el aliño frío, dejando que se enfríe por sí sola. En ambos casos, usar una pasta decente ayuda: mejor textura, mejor resultado.
La receta de hoy viene fresca, con toques salados y ácidos que la aligeran. Los calabacines se cocinan en sartén hasta que se ablanden y se doren: no queremos rodajitas secas, sino una especie de “salsa vegetal”. El queso feta le da el contraste potente, aunque también puedes usar un queso fresco gallego tipo Cebreiro, o un buen chèvre francés. La idea es que sea fresco, ligeramente ácido y algo salado. Para rematar: hierbabuena y vinagre, que te van a tener salivando desde el primero hasta el último bocado.







