La verdad de la milanesa. Para algunos es austriaca; para otros, italiana; y para los argentinos no hay discusión: la milanga, como ellos denominan a este filete de carne empanado, es suya. Tan suya como el dulce de leche, aunque el origen de este postre también se cuestiona. Lo afirma el historiador argentino Felipe Pigna en el libro Milanesas (editorial Catapulta), donde el cocinero Christian Petersen comparte sus trucos y recetas favoritas, y sostiene sin empacho alguno que “los argentinos somos los maestros en hacer las mejores milanesas del mundo. Está en el mismo rango que el mate, el fútbol y el tango”. El 3 de mayo se celebra en Argentina el día nacional de este plato.
El registro más antiguo de su existencia, según el investigador Pietro Verri en La historia de Milán, data de 1134, año en el que se incluyó un plato de similares características en honor a los canónigos de San Ambrosio, patrón de Mediolanum —hoy parte de la ciudad de Milán—, que en 2008 declaró la milanesa como patrimonio oficial de la ciudad.
Otra referencia, según recuerda el escritor Charlie López en el libro Somos lo que decimos (Aguilar), aparece en la obra Opera dell’Arte di Cucinare, escrita en 1570 por el cocinero de papas y cardenales Bartolomeo Scappi (1500–1577), quien explica cómo prepararlas y describe el sabor que se consigue una vez fritas. Los austriacos también reclaman su paternidad, aunque con el nombre de escalope vienés (Wiener Schnitzel), en cuyo honor celebran un festival cada 9 de noviembre.







