Los apagones más frecuentes de mi infancia, cuando se iban los plomos por una repentina subida de tensión, eran una rácana invitación a la excitación y el jolgorio, pues lamentablemente duraban poco, lo que tardábamos en llegar a tientas al cuadro eléctrico. Más prometedores eran los que no podíamos solucionar solos: un fusible roto o una avería mayor en el barrio. En ese caso, sacábamos velas, linternas, lo que fuera, y se abría un tiempo de subversión en el que desaparecían las obligaciones, hasta que los técnicos solucionaban la avería. A veces, si la cosa se prolongaba, el trasiego de vecinos en los pasillos del edificio favorecía que los niños nos coláramos en las casas de los otros. Un...
o de los mayores placeres, cuando la luz aún no había llegado a la hora de ir a la cama, era arrebujarme bajo las sábanas con un libro y una linterna.
El pasado 28 de abril, a las 12.30, mientras todas las líneas telefónicas y las cajas registradoras y los semáforos y los trenes y metros se caían, mi madre se accidentó en la calle. La socorrieron un médico argentino y dos parejas que se mantuvieron con ella hasta que, una larga hora después, entró milagrosamente una llamada a mi móvil y pude acudir a la plaza donde se encontraba. Llegué antes que la ambulancia y pasamos las siguientes dos semanas en el hospital. Para mí no era la primera vez. Soy hijo único y he tenido que ocuparme del declive de más personas de las que estrictamente me correspondían. Conozco bien las distintas etapas por las que los enfermos y sus acompañantes pasan desde el ingreso hasta el alta: conozco la rutina adormecedora y a veces irritante que se instaura de golpe; el roce con otras vidas de las que acabas sabiendo más de lo debido; las conversaciones con enfermeras, auxiliares y médicos; los paseos desnortados mientras los pasillos se vacían y solo quedan en ellos náufragos como tú; los augurios, las ensoñaciones, la imposibilidad de leer o de hacer algo de provecho; los bares donde vuelves a beber por desesperación y aburrimiento; conozco el asombro agradecido ante el hecho de que el gigantesco organismo del hospital funcione, pese a todo, coordinado, y puedo asegurar que aquella jornada en urgencias, no obstante la inquietud adicional debida al apagón (yo mismo tardé horas en localizar a mi hijo), no fue distinta de otras. Sí lo fue por el hecho de que quien estaba ahí era mi madre, lo cual incrementaba mi desasosiego tiñéndolo con temores de orfandad anticipada. Sí lo fue porque no pude no recordar Gaza, donde los hospitales son objetivo militar. En Gaza, si tardas en localizar a tu hijo, lo peor que puede pasarle no es que nadie lo recoja del colegio —ya no hay colegios—. Es una bala o una bomba israelíes en la cola de la comida.






