El Día del Apagón (parece que el acontecimiento ya se denomina con mayúsculas) había quedado a comer en casa de alguien a quien no conocía con otros tantos desconocidos y algunos amigos. Imagino que, como todos, dudé si seguir con los planes trazados: no sabía si la cita seguiría en pie, no sabía muy bien cómo llegar (ay, el Google Maps) y no sabía muy bien si era mejor o más seguro quedarme en casa que es desde donde trabajo o, por el contrario, andar vagando por la ciudad. Decidí que en caso de morir o de que el planeta estallara, prefería hacerlo acompañada aunque fuera por personas a las que no había visto, en su mayoría, en mi vida. Cuando llegué (tarde, ay, el Google Maps) se planteó el problema de la comida: los manjares preparados no podían calentarse (ay, las placas eléctricas). Comimos lo que se pudo y hablamos lo demás. Fui la primera en abandonar la extraña y divertidísima reunión. Cuando salí a la calle había hordas de personas. Perfectamente ordenadas y sincronizadas, pero hordas. La orilla derecha era la de bajada y la izquierda la de subida. Las calles estaban tomadas por los peatones y los pocos coches que se habían aventurado intentaban abrirse paso como si, en pleno camino comarcal, un rebaño de ovejas les hubiera sorprendido. Era fascinante observar toda aquella multitud silenciosa que, sin la habitual restricción de los semáforos, ocupaba todo el espacio a sus anchas. Pero la sorpresa fue sobre todo numérica: me impresionó la cantidad de gente que había. Nunca había visto así Madrid. Y pensé entonces que una buena parte de toda esa humanidad que ese día pululaba por la superficie lo hacía habitualmente bajo tierra. Como si un hormiguero hubiese reventado y todos hubiésemos salido a la luz. La repentina ausencia de estratificación dejó patente no sólo la cantidad ingente de personas que habitamos —en diferentes niveles— las ciudades sino también todo lo que sucede bajo nuestros pies y de lo que somos apenas conscientes. Lo que no se ve no existe.
La ciudad interior
El gran apagón de abril sacó a las calles a una riada humana. Fue como si un hormiguero hubiese reventado. El subsuelo esconde asuntos que preferimos ignorar






