Días apocalípticos. Aunque puede que no haya para tanto. Porque ya el ineludible Frank Kermode advirtió en El sentido de un final que ese tipo de días venía en realidad de muy lejos, de la eterna idea de caos y crisis, uno de los grandes enigmas de nuestra cultura.

En días apocalípticos en los que todo parece haberse situado en el desastre, permito por momentos que una suave brisa me traiga el recuerdo de la apertura, el pasado 16 de junio, de la quinta edición del Bloomsday madrileño. Una apertura alegre, feliz por la variedad de signos de resistencia cultural que en ella se mezclaron: el Dublín de Joyce con el centenario, por ejemplo, de las casetas de la cuesta de Moyano. Cerca de ellas, convocados por Lara Sánchez, nos habíamos reunido bajo un sol africano que parecía un homenaje al Gibraltar joyceano. Y recuerdo estar escuchando el monólogo de Molly Bloom en la maravillosa interpretación de Marta Martínez cuando sentí que aquellas palabras finales del Ulises me devolvían al comienzo mismo del intrincado libro y, por tanto, al escenario de la Torre Martello y a la generosa perspectiva inicial que la gran novela abre desde allí.

Y créanme, fue como si las palabras de Molly Bloom, dirigiéndose hacia el mítico final del libro, estuvieran devolviéndome al complejo entramado de los capítulos que habían precedido al monólogo. No sé, fue raro, pero me llegó la sospecha de que todo aquello no había hecho más que empezar.