Como el abismo que atrae a quien lo mira, el miedo al apagón también se expresa como deseo. Frente al terror a que nada funcione, el anhelo por que todo se pare. ¿Quién no se ha acostado alguna vez con la fantasía, casi esperanza furiosa, de que al abrir los ojos por la mañana ya no existan esas minucias que nos amargan los días? El atasco, las prisas, la competencia cotidiana, la bronca, el jaleo, las expectativas, las reuniones inútiles, la angustia por la cuota hipotecaria o el futuro académico de unos hijos atolondrados, la ansiedad por destacar, por ganar, por no descalabrarse en esa carrera de obstáculos, por no caer a la pista en esos malabarismos cotidianos. Muchos dicen que pedalean para no caerse. ¿No fantasea el ciclista afectado por la pájara con sacar los pies de los pedales y estamparse feliz contra el guardarraíl?
Ya Lope de Vega exploró el placer de la ausencia en el poema que empieza con “Ir y quedarse”: “Arder como la vela y consumirse, / haciendo torres sobre tierna arena”. No es —o no siempre— una tentación suicida. Tiene que ver con lo invisible, con el gesto infantil de taparse la cara con las mantas con la esperanza de que, si uno no ve a los monstruos, los monstruos no le verán a él. El anhelo es universal y eterno, pero nunca como ahora se había expresado con tanta fuerza y unanimidad. Parar, cuidarse, hacerse a un lado y dejar de competir son incluso marcas generacionales para los jóvenes que han protagonizado lo que en Estados Unidos llamaron la gran dimisión y que podría leerse como el gran apagón.






