La variedad blanca godello está de moda, pero pocos consumidores conocen la riqueza de su historia y su accidentado devenir. Ni que la noble cepa gallega tiene
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del-vino.html" data-link-track-dtm="">su mejor y mayor hábitat en Valdeorras, una de las zonas más prodigiosas de la comarca del Sil, río que fue un elemento clave para el transporte y el desarrollo de la actividad vitivinícola a lo largo de los siglos. Y que todavía mece pepitas de oro en su lecho, como en tiempos del Imperio romano. Su paciente discurrir geológico ha moldeado valles de ensueño: un laberinto de suaves colinas, con sus laderas tajadas por bancales dialogando con la luz. Configuración orográfica que recuerda, en su apacible armonía, a la alta Toscana; y en su dramática verticalidad, a ciertos parajes del valle del Mosela. Grandiosa diversidad paisajista que confiere a Valdeorras una notable excepcionalidad vitivinícola, sustentada en la diversidad de suelos -pizarras, esquistos, granitos, cuarcitas, arcillas ferrosas- y en la influencia de climas -atlántico, continental y mediterráneo-, cuya equilibrada conjunción favorece una maduración lenta y precisa de la uva, conservando su frescura, untuosidad, complejidad aromática y capacidad de envejecimiento.








