En ocasiones, un sencillo gesto es capaz de desatar un vendaval de sensaciones, convirtiendo un universo cerrado en la promesa de un placer infinito. Así ocurre, cada año, cuando, después de una larga espera, violentamos la dura coraza verde de una sandía y dejamos al descubierto su interior.

La vista es el primer sentido asaltado por el rojo arrebatador de su pulpa. Después será el tacto de nuestra lengua, sacudida por su naturaleza fría y húmeda, según los médicos de la Antigüedad. Y también de nuestras manos, cuando, inevitablemente, su agua pegajosa comience a chorrear por entre los dedos. En el gusto desencadenará una auténtica fiesta y, para coronarla, la sandía se hará poderosa en ese estómago invisible que es la memoria. Allí se convertirá en nuestra magdalena de Proust estival y ese primer mordisco nos recordará otros mordiscos que dimos en la playa, al borde de la piscina, en el patio. Y nos confirmará lo que ya sabemos, pero necesitamos que ella nos corrobore: ya es verano.

De esto y de mucho más nos habla The First Cut (after Robert Spear Dunning), de 2009, el bodegón de la fotógrafa australiana Robyn Stacey incluido en su serie Empire line. Porque, no por casualidad, la artista ha elegido como protagonista de la imagen a una sandía, alimento omnipresente como pocos en los bodegones dedicados al verano a lo largo de la historia del arte. Sin embargo, frente a la contención de la fotografía de Stacey, su inclusión en las naturalezas muertas ha estado presidida desde siempre por una sensualidad mal disimulada. Una buena muestra de ello es, precisamente, la propia obra que sirve de inspiración a esta versión contemporánea, Still Life of Fruit, Honeycomb and Knives (1867), de Robert Spear Dunning.