La experiencia educativa nos marca de forma fundamental en nuestro recorrido vital. Cuando los profesionales de salud mental nos referimos a la experiencia educativa no solo hacemos referencia a la etapa escolar formal, sino también a la educación que recibimos en nuestros hogares familiares o a cómo nuestros entornos y contextos —el barrio, nuestro pueblo, ciudad o los espacios que habitamos— también nos construyen.

La mayoría de las ocasiones ponemos el foco en los sucesos estresantes a los que los y las menores se pueden exponer en las primeras etapas de la vida, pero olvidamos con demasiada frecuencia el impacto que tiene la falta o ausencia de aspectos importantes con los que todas las personas deberíamos contar para sentirnos seguras. Muchas de ellas acuden a las consultas de psicología en la edad adulta expresando algún tipo de dolencia emocional que se manifiesta, en la mayoría de ocasiones, en forma de alteración de lo que, hoy en día, conocemos como salud mental. Trastornos de ansiedad, del estado de ánimo, baja autoestima, dificultades en las habilidades sociales, trastornos de la conducta alimentaria o trastornos obsesivo compulsivos, son muchas de las formas que tiene nuestro sistema mental de expresar el sufrimiento humano.