Vivo cerca del centro de acogida de migrantes de Alcalá de Henares. Un antiguo cuartel de paracaidistas reconvertido en albergue humanitario donde ayer mismo pernoctaban 1.522 hombres jóvenes llegados a España huyendo de la pobreza y la guerra en África. El centro abrió, como alivio de emergencia a la crisis migratoria, en noviembre de 2023. Pero, desde entonces, se ha convertido en un limbo, digo recurso estable, y más de 9.000 varones han pasado por sus barracones antes de poder emprender vuelo a otros lares o acabar tirados en la puta calle. En la ciudad se les conoce, según a quién preguntes, como los chavales, los morenos, o los negros, a secas. Y, sí, se les ve a la legua. Chicos altos, flacos, casi azules de tan negros, en efecto, que destacan quieran o no quieran entre los otros 200.000 vecinos que los ven, los vemos, sin mirarlos a los ojos, como como si fueran todos el mismo. Y no lo son, claro. Solos, sin redes, sin derecho al trabajo ni a la formación reglados, matan las horas como pueden. Vegetando en los parques. Jugando al fútbol o el baloncesto en los polideportivos. Tirando millas por la calle como si fueran a algún sitio. Vagando por el centro comercial como si pudieran comprar algo. Y conste que escribo esto de vistas y oídas porque yo, periodista y ciudadana, no he tenido ovarios a preguntarles. Por pudor, por pena, por cobardía, por mirar hacia otro lado. Pero no por miedo o por asco, como los ven demasiados, así, en bloque.