Estoy un poquito harta del momento este de bocadillo-focaccia-mortadela-burrata y te cobro 15 euros por pasártelo por la plancha. Yo ya sé que es ponerle pistacho a una chirivía por encima y me la cobrarán cuatro euros más cara; no estoy sorprendida. Lo que estoy es un poco fastidiada. El bocadillo, por naturaleza, por definición, es un formato económico; un bocadillo tiene que sacarte de un apuro. Tiene que ser el bote salvavidas antes de una noche de juerga, el premio esperado tras una caminata larga; esa comida rápida antes de seguir con la faena.
En defensa del bocadillo, de su sencillez y de nuestra economía, voy a preparar una versión casera del bocata de mortadela. Pan rico, eso siempre. Se puede utilizar una chapata, pero yo voy a ponerme fina y voy a optar por una cañada de aceite. En Aragón es común encontrarla en panaderías artesanales y poco tiene que envidiarle a una focaccia. La mortadela la vamos a mantener, eso sí, vamos a intentar comprarla en charcutería, que nos la corten muy finita. Ah, y por favor, quítenle el plastiquillo de alrededor, que no queremos que esta receta se convierta en un viaje a urgencias.
Como queso, vamos a elegir uno que funda bien, que sea muy cremoso. Algo tipo tetilla, Arzúa-Ulloa, queixo do pais o un lazana: elige el que prefieras. El pesto es clave, le va a aportar mucha jugosidad y también potencia de sabor. Por molestar, lo he hecho de tomates secos, pero si tienes pesto de albahaca hecho, usa ese, por favor. Por último, creo que un bocata siempre tiene que llevar algún ingrediente que le de frescura, que aligere un poco cada mordida. He puesto espinaca, pero dale con rúcula, canónigos, escarola, lo que quieras.






