Los 32 miembros de la OTAN se felicitarán esta semana por haber acordado aumentar sus presupuestos de defensa del 2% sobre el PIB actual al 3,5% para 2032. Añadirán alrededor de un 1,5% de gasto relacionado –como infraestructura, defensa civil o ciberseguridad– para alcanzar el 5 % exigido por Donald Trump como condición para mantener Estados Unidos comprometido con Europa. Incluso podrían encontrar una solución para acomodar la reticencia de España a gastar tanto en defensa. Sin embargo, el verdadero problema es la actitud expectante que han adoptado los Gobiernos europeos con respecto a los gastos militares reales.
Ni siquiera un compromiso solemne y común en la reunión de la OTAN en Bruselas cambiará la realidad de la situación de los últimos dos años, en la que los Ejecutivos han prometido dinero que no tienen o que son reacios a gastar. Además, como se señala en un informe del Instituto de Kiel para la Economía Mundial publicado la semana pasada, el debate abstracto sobre las cifras de gasto ha ocultado la falta de adquisiciones reales y de grandes pedidos de equipos. Al ritmo actual, Europa tardaría varias décadas en estar preparada para la guerra, señalan los autores.
Los ministros de Defensa de la organización acordaron en 2006 aumentar sus presupuestos de defensa nacionales hasta el 2% del PIB, y les llevó 19 años conseguirlo. Puede que no se necesite tanto tiempo para alcanzar el nuevo objetivo: los europeos afrontan ahora una grave amenaza rusa en su flanco oriental y deben prepararse para el creíble escenario de una retirada estadounidense de su continente. Pero, por ahora, los presupuestos solo han aumentado de forma incremental y los grandes contratistas de defensa siguen esperando pedidos antes de comprometerse a inversiones a largo plazo, mientras Europa parece impermeable a la emergencia creada por una nueva ofensiva rusa en Ucrania.













