Donald Trump ha conseguido lo que se proponía. Los socios de la OTAN han decidido alcanzar el 5% de su PIB en gastos vinculados a la defensa en los próximos 10 años, tal como exigía el presidente de Estados Unidos, fiel a su concepción mercantilista de las relaciones internacionales, en la que cada uno de los aliados debe pagar religiosamente su correspondiente factura por la seguridad que le garantiza ser parte de la organización liderada por EE UU.
Para que Trump se saliera con la suya ha sido fundamental la capacidad de convicción del secretario general de la Alianza, el ex primer ministro neerlandés, Mark Rutte, hiperbólico en sus elogios hacia los logros del presidente estadounidense y complaciente con sus exigencias. Una complacencia traducida incluso en el formato del encuentro, diseñado a la medida del mandatario republicano: dos horas y media de cumbre y un breve comunicado centrado en la cifra mágica de gasto en defensa y sin referencias a la imprescindible solidaridad con Ucrania. Todo lo más, con una vaga apología del artículo 5 del Tratado Atlántico que no borra la preocupación por el escaso compromiso del inquilino de la Casa Blanca con la cláusula de defensa mutua, que Trump ha llegado a considerar “interpretable”.










