Qué bueno sería que los políticos españoles hablaran de política. Qué bueno sería que los periodistas políticos españoles hicieran periodismo político. Qué pena que, en lugar de hacerlo, la mayoría se dedique a discutir asuntos policiales.

Las anécdotas vuelan: un negocito aquí, una muchacha allá, una empresa con sus comisiones, otro imbécil que no supo callarse. Vivimos días de afirmaciones calentorras y muy pocos se hacen la pregunta que me parece clave: ¿por qué la corrupción se volvió el tema decisivo de la política española?

Creo que nadie dudaría de que lo es. La última vez que cambió el Gobierno fue por la corrupción del partido gobernante; es muy probable que la próxima sea igual. Mientras tanto, la Santa Oposición basa su santa oposición en gritar tanto como sus lenguas le permitan las palabras mafia, corrupto, delincuente. Y el Gobierno está feliz de poder hablar de las viejas condenas del Pepe y las que merecerían sus parientes.

La corrupción es, quizá, la forma más bruta de la decepción: personas se ilusionan con que otras van a ser honestas y se encuentran con que no, que roban. Por algo, en su avatar inglés, to deceive significa engañar, estafar. Pero la corrupción también es la manera más fácil de juzgar, la que evita aplicar cualquier idea.