No sé en qué momento se convirtió en motivo de escarnio defender la mesura. Ignoro también por qué la palabra “moderación” empezó a oler a rendición, a claudicación o a cobardía. Sin embargo, sí podemos ubicar este fenómeno en el tiempo. Fue en torno al año 2020 cuando una parte de la derecha punk, experta en el jaleo grupal, bautizó como “moderaditos” a quienes no compraban su paquete ideológico, convirtiendo el diminutivo en un timbre condescendiente de desprecio. Los valientes, claro, eran ellos. Aunque su única audacia consistía en gritar muy fuerte dentro de sus cámaras de eco. Si para los más cafeteros de las filas conservadoras la moderación era una forma de herejía, en la orilla progresista, la disidencia o la prudencia tradicionalmente se calificó como una forma de impureza. En ambos casos, el coraje del matiz, tan oportunamente celebrado por el periodista francés Jean Birnbaum, quedó proscrito.

A pesar de estos abusos tan contemporáneos, la moderación ha reivindicado su condición de vieja virtud reconocida por los antiguos tratadistas como fundamento de los discursos éticos y políticos. En la Grecia antigua la llamaron sophrosyne; en Roma, temperantia. Y pese a todo, no es menos cierto que en la Comedia de Dante o, antes, en el Apocalipsis, se pueden leer severísimas condenas contra los templados. Como tantas veces, será cuestión de fuentes.