Las personas moderadas siempre se han visto como “las de en medio”: ni suficientemente de izquierdas, ni suficientemente de derechas; tan españolas como catalanas o tan vascas como españolas. En los relatos históricos apenas aparecen. En el famoso poema de Antonio Machado, queda claro que “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Como si no hubiera una tercera o una cuarta España. Y es que hemos crecido creyendo que no hay épica en la moderación.

En otras ocasiones, la moderación trasciende esta supuesta equidistancia y pasa a considerarse traición. Para los defensores de las verdades absolutas, no hay espacio para la duda y el escepticismo. Y sin duda y sin escepticismo, no hay pensamiento, ni hay búsqueda de la verdad. Es por eso que los moderados, en muchas ocasiones, lo cuestionan todo, también a sí mismos. Y aquellos que creen que no hay espacio para la duda, consideran que los moderados acaban siendo unos traidores.

Si el escenario es de polarización, las trincheras son el único espacio para la discusión. Cada bando se parapeta en su zanja y no hay posibilidad ni de diálogo, ni de escucha. Y si para alguien que cree en la verdad absoluta ya consideraba al que duda como un traidor, el aumento de decibelios del debate público acaba llevando inexorablemente a ver al moderado, también, como un cobarde. Así, la moderación es un conjunto de aspectos negativos: traición, cobardía, deslealtad….