Las instrucciones son simples: galleta, dulce de leche, galleta, baño de chocolate. El alfajor es un clásico del Río de la Plata, ese inmenso estuario que separa a Buenos Aires de Montevideo y que la poeta Ida Vitale llamó el río mar. Pero argentinos y uruguayos no solo comparten una frontera acuática. Los hermana, entre muchas pasiones, el culto por el alfajor, un dulce a medio camino entre golosina y pieza de repostería. Aunque antes de ser un emblema binacional, el alfajor fue una delicadeza árabe que cruzó el Atlántico en los barcos españoles y ya en manos americanas sufrió una metamorfosis total hasta convertirse en una seña de identidad rioplatense. Siglos después de embarcarse por primera vez, este tesoro de la confitería completa el círculo y regresa a Europa para reconquistar los paladares madrileños.

Dicho así, parece que el camino fue fácil y rápido, pero el viaje del alfajor fue largo y enrevesado. Tan largo que su origen, en realidad, es un turrón. “Debemos rastrear sus raíces en tierras de los árabes”, escribe Daniel Balmaceda, un historiador argentino que dedica un capítulo al alfajor en su libro La comida en la historia argentina. Fueron ellos —inspirados en la tradición persa— quienes sumaron a sus mesas un dulce hecho a base de miel, azúcar, almendras y avellanas molidas, mezcladas con pan rallado y aromatizadas con canela y limón. A esta especie de trufa o bombón lo llamaban alfajor o alajú, que se podría traducir como el relleno.