Muchos años ha tardado Òmnium Cultural, la entidad que concede el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, en caer en la cuenta. Han sido necesarias 57 ediciones del galardón para que fuera colmado un vacío clamoroso. Han sido premiados novelistas, ensayistas, poetas, dramaturgos, filólogos, periodistas, arqueólogos, historiadores y geógrafos. En ocasiones, más por su identificación con la ortodoxia nacionalista que por sus auténticos méritos intelectuales.

Muchos son los nombres indiscutibles, pero también los discutidos, directamente excluidos o negligentemente olvidados. Pesa sobre el premio la ausencia sectaria de Josep Pla, el mayor escritor de nuestra literatura contemporánea, inventor de la prosa literaria y periodística que conocemos y constructor en pleno franquismo del público lector en lengua catalana. Se podría hacer una buena y larga lista de los grandes nombres excluidos por un estrabismo ideológico de los jurados que no afecta únicamente a las ideas, sino también a algunas de las ramas del amplio y fecundo árbol de las letras. Uno de ellos era Pere Lluís Font, en su caso porque la excluida era su disciplina, la filosofía.

La edad del premiado, 91 años, no permitía esperar más. Otros ya murieron o, debido a las circunstancias, también al exilio, habían escrito el grueso de su obra en otras lenguas, el castellano especialmente. Algunos de los más brillantes tienen obra en catalán, además del castellano, aunque probablemente sin suficiente entidad cuantitativa y popularidad mediática para entrar en la consideración de unos jurados fuertemente motivados por los simbolismos políticos.