El 29 de diciembre de 2014 Carlos Alcaraz —con entonces 11 años— subió una fotografía a su cuenta de Instagram. Es un plano detalle hecho desde una mesa de madera en el que se ve, en primer término, el mango de una raqueta sobre la que se sostiene apoyada una moneda de cincuenta céntimos. Detrás asoman una bolsa de Cheetos y otra de Ruffles sabor jamón. Y escribe Alcaraz en el texto que acompaña la foto: “Dinero, raqueta, patatas, lo tengo todo jaja”.

Varios estudios han determinado que los millennials sentimos más vergüenza a la hora de pedir vacaciones y por eso tendemos a perder los días de vacaciones no utilizados. Una desgracia. La generación Z, sin embargo, se coge vacaciones con gusto, las comparte, las publicita y hasta les compone chirigotas porque no hay nada vergonzoso en acogerse a un derecho laboral.

Alcaraz baila en el reservado de una discoteca, se lanza al mar desde un yate, posa con la camisa desabrochada rodeado de amigos. No hace nada que no hagan otros deportistas, como los futbolistas, abonados a la isla balear como si en sus contratos hubiese una cláusula que impusiese obligatoriamente el verano ibicenco. La única diferencia es que Alcaraz cuenta con naturalidad que le gusta irse de vacaciones y de fiesta.