Abro WhatsApp. Una vez más. Durante mi jornada laboral lo consulto bastante a menudo. Lo hago por trabajo. Últimamente, cada vez que entro en la aplicación lo hago con el mismo temor con el que se acerca la gente al control de seguridad del aeropuerto, donde todos parecen forajidos. El número de conversaciones y de mensajes por leer crece exponencialmente. Ahora mismo, si descuento los que tienen que ver con mi trabajo, son 20 chats por abrir. Cientos de mensajes por leer. La mayoría vinculados de una u otra forma con mis hijos.

Tengo seis chats de cumpleaños a los que los han invitado y que se celebrarán en los próximos días y semanas. Echan humo. En uno veo que tengo 80 mensajes por leer. ¿Cómo escribe tanto y tan rápido la gente? En el último de ellos, alguien pide una nevera para mantener fría la bebida de la fiesta. En otro grupo, 45 mensajes pendientes. Hay alguien que confirma que ha hecho el bizum del regalo de la cumpleañera. ¿Lo he hecho yo? ¿Cuánto había que poner? Hay también un chat de la fiesta de fin de curso del cole cuyos mensajes se reproducen como un virus en los de la clase de cada uno de mis hijos y en el de la comisión de biblioteca (que, por supuesto, también tiene su chat). Hay otra conversación en plena efervescencia del pasaje del terror de la fiesta, que este año organiza la clase de mi hija mayor. Alguien pide ventiladores. Hacen listas de la compra para el vestuario y la decoración. Me entran sudores fríos al ver que, aunque me he comprometido a participar, no me entero de nada. Soy el pasajero al que van a hacer la inspección aleatoria en el control de seguridad, al que todos mirarán con sospecha. Si lo han parado, por algo será. Tomo la decisión de escribir por privado a la madre de una de las mejores amigas de mi hija para que me resuma. Lo hace en dos frases. Me he ahorrado 52 mensajes.