Juan Federico Muntadas Jornet fue un visionario. Heredó de su padre unas tierras fértiles y con agua en abundancia, unos bosques y unas piscifactorías al sur de la provincia de Zaragoza. En medio de todo eso había un monasterio medio en ruinas. Pero en vez de poner en cultivo las tierras, obtener la leña de los bosques, extraer los recursos piscícolas y cinegéticos de la finca y vender los sillares del convento como piedra para la construcción, se le ocurrió darles un uso distinto: dedicar la finca al turismo. Así, a priori, puede parecer que la idea no era ni tan original ni tan peculiar. Pero si situamos la acción en 1850, entonces sí hay que reconocer que Muntadas era un iluminado.
La finca en cuestión es lo que hoy conocemos como el Monasterio de Piedra, un parque natural en torno a las cascadas y pozas que forma el río Piedra, al adentrase en una hoz calcárea en el municipio de Nuévalos, y un antiguo monasterio del Císter del siglo XIII completamente reacondicionado como hotel. Un oasis de agua y verdor en medio de los resecos campos del suroeste zaragozano.
Muntadas —literato, filósofo, piscicultor y político, pero sobre todo alguien con una sensibilidad naturalista adelantada a su tiempo—, habilitó senderos, creó miradores y plantó árboles ornamentales al estilo del Romanticismo europeo. También adaptó las celdas de los monjes como alojamiento para que pudieran visitar el lugar sus amigos escritores, intelectuales y empresarios, que además eran los pocos que se podían permitir el lujo de hacer turismo en la segunda mitad del siglo XIX. Fue el embrión del actual hotel.






