El hombre me invitó a un banquete. Yo creo que nunca antes me había topado con nadie que dijera esa palabra en serio pero, dadas las circunstancias, tampoco terminó de sorprenderme. Corría 1991 y dos días antes había volado más de 20.000 kilómetros desde Buenos Aires: la China, entonces, era un molusco raro que empezaba a abrir su concha, y yo quería conocerlo. No era fácil, en esos días, entrar allí, y menos para un periodista. Así que cuando empecé a pensarlo hablé con el jefe de Xin Hua, su agencia oficial de noticias, en la Argentina, para pedirle los permisos pertinentes. Le di una lista de las cosas que quería conocer —las más inocentes que se me ocurrieron, un estudio de cine, una escuela, una fábrica de lo que quisieran— y me dijo que sí, que cómo no, que sus colegas me recibirían en Pekín. Uno de ellos era el hombre que ahora me invitaba a un banquete. La palabra, es obvio, me hizo agua la boca.
La palabra banquete es una de esas que empiezan significando blanco y terminan que negro, empiezan por bajo y terminan que alto: las hay, y quizá podríamos llamarlas autoantónimos, si no fuera que no es necesario agregarle fealdad a la lengua; ya tiene suficiente. Pero es así, se contra-dice: viene del italiano banchetto, banquito, y se decía de un bocado ligero, un tentempié —qué maravilla la palabra tentempié— que se comía sin mesas ni maneras, sentado apenas al borde de ese banco. Por un raro birlibirloque —qué maravilla la palabra birlibirloque— cuando el banchetto mudó en banquete perdió toda modestia y se volvió fastuoso: una pitanza muy despampanante, una idea francesa de la vida.






