Contenga lo que contenga, es la plasmación física del espíritu navideño. No conozco a nadie a quien no le haga ilusión recibirla, ¡a nadie!

Antes todo esto eran campos, y la cena de empresa la pagaba la empresa. Ahora, lo más habitual es que cada asalariado haga el bizum de rigor para comprar la entrada a un festival en el que se come lo que la empresa ha decidido, donde a ella le parece, el día y la hora que a ella le conviene. Para que socialice y se relacione un rato más con quien lleva un año relacionándose cada día de lunes a viernes. Hay quien disfruta de estas convenciones sociales, y hay quien las abo...

rrece, pero no conozco a nadie a quien no le haga ilusión recibir la cesta de Navidad, ¡a nadie!

A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, aquí las empresas no tienen la tradición de rendir honores al empleado del mes. Pero, quien más quien menos, todos hemos sido educados desde pequeños para esperar un premio cuando somos buenos chicos. La cesta de Navidad es esa medalla a un curso de lealtad corporativa. ¡Y qué alegría da! Si no fuera porque por la noche tendrías que volver al trabajo para ir a rescatar el coche, el día que recibes la cesta de Navidad volverías andando a casa, por lejos que estuviera, y pasando por las calles más abarrotadas. Con el pecho henchido de orgullo, la llevarías en volandas, levantándola al cielo como el jefe de una tribu mostraría a los dioses y a los aldeanos su primogénito recién nacido.