El Mundial tiene una extraña capacidad para hacernos creer en un país que no siempre existe. Durante noventa minutos parece cierto que el talento puede más que el origen, que importa poco dónde naciste, cuánto dinero tenían tus padres o qué contactos heredaste. En la cancha cuentan otras cosas: la disciplina, la capacidad de competir bajo presión y el trabajo acumulado durante años. Quizá por eso el futbol despierta emociones que pocas actividades logran generar. No sólo celebramos un gol; celebramos una idea, celebramos la posibilidad de que el mérito encuentre su recompensa.Es una idea poderosa y profundamente atractiva en un país que ha pasado décadas discutiendo desigualdad, movilidad social y acceso a oportunidades. Por eso no sorprende que las victorias de la selección provoquen celebraciones masivas. Durante unas horas, millones de personas encontramos un motivo común de alegría. En tiempos de polarización, desconfianza institucional y desencanto público, esa experiencia compartida tiene un valor difícil de ignorar.Sin embargo, mientras miles de personas festejaban el triunfo de México en el Zócalo, una escena llamó la atención por razones muy distintas en la glorieta del Ángel de la Independencia. Algunos jóvenes utilizaron para cubrirse de la lluvia mantas colocadas por colectivos de familiares de personas desaparecidas que se habían manifestado previo a la inauguración del Mundial. Cuando un reportero les reclamó por lo que estaban haciendo, uno de ellos respondió con un golpe.Las redes sociales hicieron lo que suelen hacer: identificar culpables, repartir indignación y convertir unos cuantos segundos en un juicio colectivo. Quizá la relevancia de aquella escena no radica en las personas involucradas, sino en lo que revela sobre el país.Esas mantas no eran propaganda política, sino que forman parte de una protesta. Son fotografías, nombres y mensajes colocados por familias que siguen buscando a alguien que aman. Son el recordatorio de una de las heridas más profundas de nuestro país. En cuestión de horas, la celebración y la angustia que genera la desaparición de un ser amado ocuparon el mismo espacio sin encontrarse realmente. Por un lado estaba el país que celebraba: el que cantaba, se abrazaba y encontraba en el futbol una expresión de identidad compartida. Por el otro, el país de las ausencias, el de las madres buscadoras que han tenido que convertir la búsqueda de sus hijos en una forma de vida. Ambos países coexisten en el mismo lugar. Lo inquietante es que parecen no verse.Tal vez esa sea una de las características más definitorias del México contemporáneo, la capacidad de convivir con realidades profundamente contradictorias sin que una altere demasiado a la otra. Somos capaces de celebrar eventos internacionales mientras convivimos con una crisis de desapariciones que no encuentra solución. Podemos emocionarnos con historias de éxito individual mientras millones de personas enfrentan obstáculos estructurales que condicionan sus posibilidades desde el nacimiento.Nos gusta pensar que el futbol representa una versión particularmente democrática de la vida social. El talento y el esfuerzo importan. Existen, por supuesto, privilegios y desigualdades, pero la cancha sigue siendo uno de los pocos espacios donde el desempeño puede alterar de manera significativa el punto de partida.Quizá por eso las historias deportivas resultan tan atractivas, porque representan el país que nos gustaría ser. Un país donde el talento pese más que el origen. Basta salir del estadio para recordar que la realidad suele ser más compleja.Por eso las escenas tan poderosas, no porque describan a una generación ni porque permitan extraer conclusiones sobre toda una afición. Resultan poderosas porque muestra dos narrativas nacionales que conviven sin terminar de reconciliarse: la del país que celebra y la del país que busca. La del país que encuentra en el deporte una promesa de movilidad y la del país donde miles de familias siguen exigiendo verdad, justicia y memoria.No hay nada reprochable en la alegría colectiva, nuestro país necesita celebrar, merece emocionarse con un gol, cantar el himno con la garganta cerrada y creer, aunque sea por noventa minutos, que el talento, el esfuerzo y la esperanza todavía pueden imponerse a las circunstancias. Yo también quiero que México pase al quinto partido. Quiero que este Mundial nos regale momentos que recordemos durante años.Pero precisamente porque queremos tanto a este país, no podemos permitirnos olvidar a quienes faltan. Quizá lo que ocurrió en el Zócalo y en el Ángel resulta tan incómodo porque enfrentó dos formas distintas de amar a nuestro país. El amor festivo de quienes celebran una victoria y el amor de quienes se niegan a dejar de buscar y exigir justicia. Ambos merecen un lugar en el espacio público.Ojalá que este Mundial nos regale muchas razones para celebrar. Ojalá que México logre ese mítico quinto partido, que las plazas se llenen y que volvamos a experimentar esa ilusión que da cada gol. Pero ojalá también recordemos que una nación no se define sólo por aquello que festeja, sino por aquello que se niega a olvidar. Que las mismas plazas donde ondean las banderas tengan espacio para los rostros de quienes faltan y que podamos cantar un gol sin dejar de escuchar a quienes llevan años buscando a sus hijos.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

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