México me resulta un país inabarcable geográfica, histórica y culturalmente. Reúne tal riqueza, diversidad y pluralidad que pretender conocerlo supone, al menos para mí, una inmersión que nunca será completa ni la definitiva. Siempre habrá un matiz que obligue a reinterpretar lo aprendido, a revisar la propia historia de España y, por supuesto, a abrirse a esa cosmovisión rodeada de misterio y desconocimiento. Regreso de México abrumada por su sabiduría ancestral, popular y ciudadana. Regreso también con dolor al comprobar como este Mundial (que tantos focos acapara) ignora y, por tanto, agranda las brechas de la desigualdad y la violencia. Un Mundial que puede llegar a resultar groseramente obsceno al observar el contraste de un estadio lleno mientras miles de familias preguntan dónde están los más de 133 mil desaparecidos.

Visto desde esta mirada de conjunto, no es precisamente respeto lo que promueve el fútbol que se ha convertido en industria global explotadora de personas y recursos. Tampoco parece que exista ese respeto en parte de las aficiones que, durante el aguacero que cayó en Ciudad de México el día de la inauguración, no encontraron mejor refugio que las lonas de las madres buscadoras. Esas lonas donde aparecen los rostros de hijas e hijos desaparecidos y que habían extendido en la simbólica plaza del Ángel. Esas que reflejaban las fotografías que son, para miles de familias, mucho más que una imagen, son la única presencia que les queda y la única manera de reclamar su búsqueda. Utilizarlas para protegerse de la lluvia fue un gesto muy gráfico de lo que significa el Mundial de fútbol en este inmenso país.