Con los malos resultados del estudio PISA suele ocurrir lo mismo que con los incendios, solo captan nuestra atención mientras duran. Luego, salvo para los profesionales directamente implicados, se hace el silencio. Tienen también otra cosa en común: no hay forma de resolverlos sin la implicación de todos, sin que se extienda la conciencia de que todos somos de algún modo responsables del medio ambiente o de la educación. Como lo que aquí nos interesa ahora es esta última, puede afirmarse con contundencia que es demasiado importante para dejarla solo en manos del sistema educativo. La primera sugerencia para resolver este tema inmenso sería, pues, que todos asumiéramos una parte de la responsabilidad por el deterioro educativo y no lo dejáramos solo en manos de los pedagogos.Esto último resulta aún más perentorio, porque lo más inquietante de este último informe PISA es que por primera vez se conecta la caída general del nivel educativo con transformaciones sociales más profundas: la omnipresencia de las redes sociales con su fragmentación de la atención e, incluso, con mayores índices de depresión y ansiedad entre niños y adolescente (Jonathan Haidt), así como por la explosión de la IA, que ha puesto patas arriba los medios de creación, trasmisión y transformación del conocimiento. Hasta ahora pensábamos que debíamos fijarnos en los modelos educativos más exitosos para trasladarlos a otros lugares. La sorpresa es que no hay recetas. El primer ganador inicial, Finlandia, hoy se encuentra muy por debajo de su anterior éxito. El Reino Unido, por su parte, dejó de obsesionarse por las innovaciones educativas, volvió al esquema tradicional y se ha encontrado con que está en los primeros puestos.No pretendo arrogarme ninguna capacidad especial para dar lecciones, y menos en una columna. Pero sí me gustaría dar cuenta de cómo hay debates por ahí fuera que quizá deberíamos importar. El primero que me llamó la atención fue el suscitado por Rose Horowitch con un artículo en The Atlantic, publicado hace pocos meses con el contundente título de El fin de la lectura ya está aquí. Reducido a su tesis básica, la autora sostiene que estamos asistiendo al tránsito desde una “cultura letrada” —o alfabetizada (literacy)— hacia una “cultura de la oralidad digital”, en la que predominan las interacciones comunicativas cargadas de emocionalidad frente a aquellas sustentadas sobre argumentos lógicos y referencias rigurosas. De la “era de la lectura” se habría pasado, pues, a una etapa “posletrada” (postliteracy), un cambio que estaría desencadenando ya una “transformación civilizatoria”.Horowitch encuentra indicios de ese proceso en los datos sobre la falta de lectura que se aprecia en la educación secundaria, donde apenas se exhorta a los alumnos a leer libros completos. Y aquí “lectura” se asocia a esa actividad que exige concentración, reflexión y continuidad, un (feliz) apartamiento del mundo que compite en clara desventaja dentro de una economía de la atención organizada en torno a un flujo permanente de estímulos cruzados que ofrecen otros dispositivos digitales. La cultura humanística frente a la del algoritmo. Otro dato que señalaba el editor Sean Delone resulta revelador: hace unas semanas, solo los dos libros de ficción más vendidos en la lista de best sellers superaban en ventas a todos los de no-ficción en la lista correspondiente. Se sigue leyendo, pero más como mero consumo inmediato o buscando el entretenimiento, sin perseguir la experiencia de esa misteriosa actividad que espolea la curiosidad y consigue asentar el placer por el conocimiento a lo largo de todo el proceso educativo, no solo el de las humanidades. O sea, enseñemos a leer bien, cuidemos la lectura y la educación se cuidará de sí misma.