El sol de media tarde golpea las losetas del Passeig de Gràcia de Barcelona y sobre ellas se dibuja una escena tan desconcertante como habitual: una fila de varios metros bordea el escaparate de la tienda de Chanel.

Unos metros más abajo, junto a una icónica tienda de juguetes, una empleada frena el paso de turistas hacia el interior con un dispositivo con el que controla el aforo. Algo más de una decena de personas aguarda pacientemente. La estampa se repite idéntica en el Born frente a un establecimiento cuyas tartas se han hecho virales, en la entrada de una tienda de moda o junto a una heladería que hace un tiempo visitó una conocida estrella del pop.

Por toda la ciudad, una nutrida legión de personas invierte su tiempo libre, un recurso cada vez más escaso y codiciado hoy en día, en conseguir unos productos muy concretos. Algo que no es exclusivo de Barcelona, sino que ocurre en casi todas las grandes ciudades del mundo occidental.

¿Qué engranaje psicológico se activa en la mente de todas estas personas para esperar un buen rato en la calle con tal de obtener un determinado producto cuando lo podrían comprar por internet o pedirlo a domicilio?

Hace apenas una década, hacer cola era sinónimo de pérdida de tiempo, mientras que hoy es parte de un ritual