Bajaron la cabeza y las armas los pretendientes al laurel, los aspirantes al maillot rojo, resignación o flaquezas, un rodar con la mirada puesta en el retrovisor, que nadie me quite lo mío. Ni Roglic, ni Gall, ni Carapaz ni nadie dijo esta es la mía en el penúltimo compromiso de la Vuelta, terreno escarpado y ocasión perdida. Jauja para Enric Mas, que superó la jornada sin sobresaltos ni debilidades, nada extraño porque no ha ofrecido fisura alguna en la competición porque se sabe el más fuerte, porque transmite confianza a raudales, porque no hay quien pueda con su motor en esta Vuelta, porque parece que sus rivales, incluso, se han inclinado ante su jerarquía. Queda una jornada de tambores y trompetas, de batalla, supuestamente una jornada para que se den los ataques que no se vieron camino de Peñas Blancas, lugar donde Eddie Dunbar (Q36.5) se coronó para desquicie y drama de Buitrago, que perdió la etapa en los metros finales. Queda un suspiro, cinco montañas y la gloria por delante.Para Enric Mas el pasado Giro supuso un varapalo inesperado, uno que le hirió en el orgullo. Todo se vertebró a partir de sus declaraciones, que admitió ir a Italia en busca del podio, una advertencia que se quedó diluida a las primeras de cambio, atornillado al cemento en las subidas iniciales, adiós muy buenas. Le costó comprender el fiasco al ciclista del Movistar, que entendía que sus números eran buenísimos, que ya se había olvidado de la operación de tromboflebitis y de un desgarro en la mano tras una caída absurda cuando volvía a entrenarse, año perdido. Hasta que llegó a la conclusión de que sus registros no eran en competición, donde te exigen apretar cuando quieren y no cuando lo deseas. Una flaqueza que se resaltó en los medios, por eso de que por la boca muere el pez. Más herida en el orgullo. Y Mas persistió, se preparó a conciencia y compitió en la Vuelta a Burgos para alcanzar la vuelta desde otro perfil, uno mucho más comedido y prudente, al menos de cara hacia fuera porque en el equipo tenían claro que el ciclista estaría en la élite de la competición. Pero de ahí a ganar la Vuelta había más de un paso. El primero, supuestamente insalvable, era Pogacar, que en un santiamén dejó claro que el laurel sería suyo si el infortunio no aparecía. Pero apareció en forma de topetazo y le partió la clavícula y una vértebra, la próxima vez será. Y Mas, que dijo no merecerlo, se enfundó el maillot y de inmediato se consagró en las siguientes montañas, su segunda etapa victoriosa en la Vuelta. La primera fue en 2018, todavía un ciclista desconocido, entonces un corredor en plena efervescencia que en su segunda ronda acabó en el segundo peldaño del podio. Era el nacimiento de una estrella, decían; “Mi sucesor”, le definió Alberto Contador, flaco favor el suyo porque al mallorquín se le atragantó la responsabilidad y la presión, también la exigencia porque Contador solo hubo uno. Pero Mas, perseverante, siempre de motor fiable, logró tres segundos puestos en la Vuelta (2018, 2021 y 2022), además de un tercero (2024) y otros dos top-ten, los mismos que en el Tour. Un currículo sensacional que, sin embargo, le tildaba de segundón porque solo gana uno, porque los calificativos son gratis. Hasta ahora, que, tras explicar una vez más en Peñas Blancas que tiene más piernas que nadie, tiene la medalla de oro a la vuelta de la esquina, toda vez que le falta superar una etapa; una, eso sí, matahombres.Con las estrecheces habituales en la salida del pictórico Vélez-Málaga por el magnetismo que tiene este ciclismo y una Vuelta todavía indefinida por más que Mas lo tenga de rechupete, la caravana de la Vuelta arrancó una etapa quebrantahuesos, con más de 4.000 metros de desnivel positivo, dos montañas y un coloso (Peñas Blancas) por superar, risco que en 2022 coronó a Carapaz. Faltó en la alineación Stefan Küng, que hizo un vini, vidi, vinci y se marchó, pues tras consagrarse en la contrarreloj de la jornada anterior, decidió hacer mutis por el foro para preparar el Mundial de Canadá. Un adiós que se multiplica desde que comenzara la carrera, pues ya solo quedan 145 corredores de los 168 que tomaron la salida por las calles de Montecarlo, caídas, calores y otras prioridades. Pero eso no evitó, una vez más, comprometidos con el esfuerzo y con la competición, quizá porque tras un día de descanso y otro de crono el oxígeno regresó a los pulmones, que los ciclistas ofrecieran un espectáculo entre montañas, otro día electrizante. Todos menos la créme de la créme del pelotón, que sacó la bandera blanca para alegría de Mas. Se sucedieron los ataques de inicio, pero no fue hasta pasado el kilómetro 30 cuando se fraguó la fuga, aunque pasajera porque se multiplicaban las intentonas en la ladera, un castigo para las piernas, un tormento para la cabeza porque restaban 125 kilómetros de etapa. Ocurrió, sin embargo, que a la serpiente multicolor le costó validar la escapada porque EF, por sorpresa, tenía otros planes, pues quería poner el ritmo y gobernar la carrera, de paso erosionar a los rivales y, por qué no, catapultar a Carapaz para su asalto al podio o, al menos, a la etapa. Así que, también entre ataque y ataque del inconformista Kuss, además del arreón de Roglic para explicar que no se iba a rendir antes de tiempo, se acabaron las licencias, reagrupados. Era, de nuevo, algo efímero porque ya, alcanzado el kilómetro 110 y casi hollado el segundo Puerto, sí que un ramillete de 16 ciclistas -entre los que destacaban Buitrago (Bahrain), Berrade (Kern Pharma), Leknessund (Uno-X), Vermaerke (UAE)… y Dunbar, claro- se despegó del pelotón, camino al éxito.Echó el freno el gran grupo tras los asaltos en la montaña y se citaron todos en el último puerto, Peñas Blancas, casi 19 kilómetros de desgaste, con pendientes de hasta el 15%. Pero no hubo tambores de guerra ni... nada de nada.Bora, a las órdenes de Roglic, tomó la delantera y Decathlon, bajo el mandato de Gall, no le discutió la jerarquía. Un ritmo fuerte pero que no escocía, por más que el pelotón ya se hubiera desgajado, apenas una treintena en liza. Poco le importaba a Mas, que siempre supo defenderse antes que atacar, cómodo sin la obligación de vencer etapas, más allá de salvaguardar el maillot rojo y la compostura frente a sus rivales. Y sin que le exigieran apenas, mantuvo el tipo y el maillot con una sensación de superioridad absoluta, cómodo con el ritmo que puso Juan Rodríguez para su jefe de filas Carapaz, apenas inquietado con el ataque timorato y desbravado de Roglic cuando apenas quedaban dos kilómetros. Poca cosa para Mas, para el mejor de esta Vuelta.