A Colombia le fue mal en las pruebas PISA 2025. Haría bien el Ministerio de Educación en abandonar su ‘batalla cultural’ y concentrarse en lo que es verdaderamente urgente.Foto: Gustavo Torrijos - Gustavo Torrijos

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Tal vez uno de los aspectos más frustrantes sobre los resultados de las pruebas PISA 2025 es comprobar que el diagnóstico siempre llega tarde por la naturaleza de los impactos que producen las políticas públicas en educación. A Colombia le fue mal en la última medición. Sí, una lectura es que no empeoramos, pero otra más preocupante es que seguimos lejos de los países más desarrollados y que nos estancamos. Peor aún, se comprobó lo que se ha dicho una y otra vez desde hace años: el cierre de las escuelas durante la pandemia y su reapertura torpe y desordenada causó daños a una cohorte entera de niños, niñas y adolescentes. ¿Aprendimos la lección ahora que nos enfrentamos al terremoto?Es cierto que el mundo entero va mal en educación. Las PISA 2025, que miden a estudiantes de 15 años en 91 países, mostraron un descenso en rendimiento en términos de lectura y matemáticas. Colombia, como contamos en El Espectador, obtuvo 414 puntos en ciencias, 399 en lectura y 381 en matemáticas, frente a 482, 461 y 463 respectivamente en el promedio de la OCDE. Como explica nuestra periodista experta en Educación, Paula Casas, “los resultados colombianos se dimensionan mejor al desagregar algunos datos. En el país solo el 29 % de los niños y niñas alcanzan el nivel básico en matemáticas, frente al promedio de la OCDE, que es del 65 %. En Lectura, solo el 46 % llega a este nivel básico y únicamente el 1 % logra el superior”. No hay nada por lo que podamos sacar pecho.Parte del problema es la evolución del ecosistema digital. La OCDE identificó que los estudiantes están leyendo más rápido, de manera más descuidada y sin poder comprender integralmente los textos. Esa es la influencia directa de las redes sociales. Hace unos meses, el educador Julián de Zubiría Samper ya había formulado un diagnóstico en su columna para El Espectador: “Hoy los jóvenes leen casi exclusivamente en dispositivos electrónicos y ven a diario miles de videos cortos en lugar de acercarse a textos densos. Cada vez es menos frecuente la lectura de textos largos y complejos y es más común la visualización de contenidos superficiales. Este crucial cambio también está transformando nuestros cerebros y la conexión entre las neuronas. Estamos ante un segundo proceso de reciclaje cerebral”.No es, sin embargo, la única causa. Las personas expertas que consultamos estuvieron de acuerdo en que los cierres de la pandemia tuvieron efectos perversos. El país no estaba listo para la educación virtual. Eso aumentó las brechas de desigualdad entre los estudiantes de estratos altos y los de bajos, así como entre las zonas urbanas y las rurales. Peor aún, cuando por fin los niños, niñas y adolescentes pudieron retornar a los salones de clases, no hubo un plan específico para recuperar el tiempo perdido. Los resultados saltan a la vista. Por eso fue tan preocupante que se propusiera educación virtual como primera respuesta a los efectos del terremoto. Hoy, más de un mes después de lo ocurrido, seguimos escuchando las quejas de estudiantes y padres de familia que no han podido retornar a clases de calidad.El otro elefante en la habitación es que Colombia ha evadido durante mucho tiempo el debate sobre cómo medir la calidad de la educación que se imparte. La Federación Colombiana de Educadores necesita reconocer su responsabilidad en el estancamiento y ser proactiva en proponer reformas que incluyan la evaluación del trabajo de los docentes y permitan identificar problemas a tiempo. No tiene ninguna justificación que tengamos que esperar tanto tiempo entre mediciones y no tengamos herramientas para exigir mejores aptitudes por parte de los docentes. No se trata de una persecución ni una violación a la autonomía pedagógica, sino un reconocimiento de que no estamos evolucionando a la velocidad que el mundo moderno exige.Les estamos fallando a los niños, niñas y adolescentes. Haría bien el Ministerio de Educación en abandonar su quijotesca “batalla cultural” y concentrarse en lo que es verdaderamente urgente.