Después de 25 años del 11 de septiembre, la organización que orquestó el mayor ataque terrorista contra el mundo occidental y causó casi 3.000 muertes, Al Qaeda, carece de un núcleo geográfico. En 2001, el grupo salafista mantenía su cuartel principal en Afganistán, cimentado gracias a una longeva alianza con el Emirato Islámico que los talibanes habían forjado a mediados de los noventa. Pero la invasión de Estados Unidos y la caza de Bin Laden, líder de la organización yihadista, puso fin a sus cuarteles en Tora Bora y forzó su evolución.

La 'Guerra contra el Terrorismo' que inició George Bush desplegó el mayor operativo militar de Estados Unidos en 50 años, con la ocupación permanente de Irak y Afganistán. Obama tomó el relevo multiplicando las ofensivas estadounidenses a través de una campaña de bombardeos que supuso 563 ataques durante sus dos mandatos en Pakistán, Somalia y Yemen, frente a los 57 que había ordenado su predecesor. Cuando en 2011 las fuerzas especiales estadounidenses eliminaron a Bin Laden en Pakistán, la red integrista se había transformado ya en un entramado de células autónomas alimentadas, entre otros elementos, por propaganda online.

La prueba más evidente fue el surgimiento del autoproclamado Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS), cuya consolidación se produjo entre los años 2013 y 2014. Aunque sus orígenes se vinculan a Al Qaeda, la nueva facción integrista operaba de manera totalmente independiente. Desde las ciudades de Mosul y Raqqa (donde el ISIS llegó a instaurar su capital), el yihadismo coordinó e inspiró docenas de ataques contra Occidente. Una vez más, en 2019, la destrucción territorial del ISIS de la mano de la coalición internacional y las fuerzas kurdas y nacionales no sentenció el fenómeno del terrorismo islámico.