Hay algo paradójico en la manera en que hablamos de inteligencia artificial: cada dos o tres meses aparece un nuevo hilo que anuncia que esta vez sí estamos frente a la prueba definitiva de que las máquinas pueden volverse contra nosotros. Una inteligencia artificial que intentó escapar de un sistema de seguridad, otra que se replicó cuando quisieron apagarla, otra que habría encontrado la manera de conectarse a internet. La alarma dura unos días, aparece el desmentido, vuelve la normalidad y, al tiempo, llega una nueva advertencia. Hasta que un día, como planteó Tomás Rebord en Primera Mañabord, alguien podría preguntarnos qué señales tuvimos delante y por qué no hicimos nada. El problema es que ya estamos demasiado acostumbrados al apocalipsis tecnológico. Incluso una advertencia que habla de un 10% de posibilidades de que la inteligencia artificial termine con todos los humanos durante la próxima década puede producir menos miedo del que debería. No porque necesariamente sea cierta, sino porque la sucesión de amenazas terminó anestesiando nuestra capacidad de reaccionar. El apocalipsis se volvió un contenido más del feed. En ese punto aparece una paradoja que Rebord encuentra particularmente interesante: incluso quienes consideran que la inteligencia artificial puede representar un riesgo civilizatorio continúan desarrollándola. La explicación es casi idéntica a la de cualquier carrera por el poder: si no llegamos nosotros primero, llegará otro. Anthropic puede creer que tiene mejores intenciones que sus competidores, pero eso no elimina la carrera. Al contrario: puede convertir la propia idea de responsabilidad en un argumento para acelerar.