Casi a diario se pueden leer, en revistas y periódicos, juicios y predicciones sobre las consecuencias que la Inteligencia Artificial podría tener sobre las sociedades de hoy, especialmente las más desarrolladas. Es así como se ha podido afirmar que la IA podría significar la extinción de millones de puestos de trabajo (incluso entre los más calificados, como los abogados), que podría revolucionar los medios de transporte y la medicina, reducir los tiempos de viaje y alargar la vida, producir una transformación radical en los escenarios de guerra, acelerar la salida de la tierra hacia otros planetas, originar la abundancia alimentaria, en fin, el inventario es enorme: las consecuencias pueden ser tan magníficas como catastróficas. Como no lo sabemos, bien vale la pena conservar algo de prudencia en el juicio, como lo hacen Alcaras y Ricci en un reciente artículo que matiza todas estas cosas interrogando los usos ordinarios de ChatGTP. Lo que se ha hecho menos es interrogar las posibles consecuencias de la IA en el mundo político de izquierdas, introduciendo preguntas existenciales con el fin de generar la necesaria alarma pública para provocar una reflexión en serio. No se trata de detener el desarrollo de esta tecnología (aun si se quisiera hacer, no tenemos la menor idea de cómo lograrlo en tiempos de aceleracionismos de derechas, ya sea en clave tecno-optimista o tecno-pesimista), sino de tomar conciencia de las implicancias en un momento en el que nos encontramos en el umbral de que la IA cambie nuestras vidas: si bien esto ya está ocurriendo, el fenómeno es todavía incipiente y no pasará mucho tiempo (dos o tres años a lo sumo) para que la pregunta política de qué hacer con la IA sea la interrogante central de la vida colectiva. Si bien puede resultar exagerado, prefiero contextualizar el problema de las izquierdas en clave apocalíptica no para la especie humana, sino para una de sus etnias ideológicas principales. Hay cuatro amenazas existenciales en las que me quiero detener. La primera, que ya está ocurriendo ante nuestros propios ojos y con grandes consecuencias electorales, se refiere a la evidente desaparición de la fábrica como espacio fundamental de socialización de intereses explotados, de toma de conciencia de la explotación y de articulación de fuerzas para luchar por el socialismo o por alguna forma de postcapitalismo. ¿Alguien puede dudar que la formación de la clase obrera en el siglo XIX se produjo en fábricas y talleres, y que su politización se originó precisamente allí, y no en la soledad de las pantallas del trabajo a distancia o de la uberización de la economía en el siglo XXI? Los efectos ya están a la vista: la estructura de clases del capitalismo moderno se está modificando rápidamente, reduciendo a su mínima expresión a la clase obrera, lo que se ha traducido en que los pocos obreros que van quedando… ya no votan por la izquierda (si es que votan). La segunda amenaza concierne la extinción del trabajo manual y rutinario, mediante su automatización y el apoyo optimizador que entrega la IA. Pongamos el ejemplo del socialismo chileno: durante décadas sonó muy bien, rimando con la historia práctica de la sociedad, la apelación a los “trabajadores manuales e intelectuales” tal como fueron brillantemente pensados por Eugenio González en ruptura con lo que es una clase social. Si los trabajadores manuales (y no pocos trabajadores intelectuales) se encuentran amenazados, ¿no hay allí una posible fuente de extinción del público natural de los socialistas y de las izquierdas? Lo anterior no sería nada si no tomáramos seriamente en cuenta la individuación radical de las funciones productivas gracias a la tecnología de las comunicaciones. Existe mucha investigación sobre el transporte privado a través de aplicaciones y el delivery de alimentaciones y mercancías en la que se subraya, guste o no, la satisfacción que experimentan los trabajadores por controlar su tiempo personal de trabajo, independientemente de la precarización que los afecta: es algo así como “soy mi propio jefe”, aunque autoexplotado. La cuarta amenaza se refiere al propio “pueblo”. ¿De qué tipo de pueblo soberano estamos hablando? Todo indica que se trata de un pueblo fracturado en millones de personalidades y monadas que nada tienen en común o, en cualquier caso, ignoran qué los puede vincular unos con otros. Si siempre fue un problema la fractura del pueblo mediante el sufragio universal y su refugio en cámaras secretas y cuartos oscuros a la hora de ejercer su soberanía, el problema se torna en una tragedia de izquierdas cuando el pueblo existe bajo distintas formas individuales… y nunca como pueblo. Mal que mal, en los tiempos del sufragio universal, seguía habiendo “pueblo” bajo el supuesto de que los individuos que conforman el cuerpo electoral habitan espacios comunes, forman sus intereses y preferencias junto a otros, se relacionan unos con otros en vínculos cara a cara: pues bien, es este ecosistema el que arriesga su reducción a formas mínimas. Estas cuatro amenazas debiesen originar una seria reflexión política en las izquierdas. El diputado frenteamplista Gonzalo Winter envió una gran carta a la militancia de su partido, en la que aborda varias de estas preguntas. Esa carta debiese tener como destinataria a todas las izquierdas, ya que ninguna de ellas escapa al riesgo de extinción.
La izquierda ante la inteligencia artificial: ¿un evento de extinción?
No se trata de detener el desarrollo de esta tecnología, sino de tomar conciencia de las implicancias en un momento en el que nos encontramos en el umbral de que la IA cambie nuestras vidas
Automatización e IA eliminan trabajo manual y la fábrica como espacio de politización, erosionando la base electoral histórica de la izquierda. Fragmentación individual y precarización acelerada redefinen el mercado laboral y cuestionan governance empresarial.






