NAZA está filmada de noche. Sobre los tejados de edificios de Tel Aviv, sus directores, Yuval Abraham y Rachel Szor, entrevistan a 24 agentes de inteligencia y soldados que permanecen en penumbra mientras de forma anónima explican al detalle su papel después del 7 de octubre de 2023, cuando los brutales atentados de Hamas que acabaron con la vida de 1.200 personas desataron una operación bélica sin precedentes contra los palestinos de Gaza, una masacre (de momento, más de 73.000 muertos) por control remoto, con una tecnología de videojuego, que los entrevistados de este demoledor y sólido documento, que se basa en una investigación del diario británico The Guardian, no dudan en llamar “genocidio”.Fría y sólida, atravesada por las imágenes y el sonido de fondo de una ciudad que descubrimos a través de sus ventanas y edificios, NAZA (nombre con el que los militares israelíes se refieren a los daños colaterales humanos de sus operaciones) encadena un testimonio con otro en una escalada que se acaba volviendo insoportable. En un momento, que coincide con la celebración en Israel del 80º aniversario del Holocausto, vemos la fachada de la sede de su cinemateca y el anuncio en su programación de Shoah, la obra maestra de Claude Lanzmann. Poco después, uno de los militares en la sombra de esta película recuerda que viajó con su familia a Polonia para honrar la memoria de sus ancestros y luego afirma: “Los nazis eran el diablo, pero, ¿qué soy yo?”.El material que reúnen en NAZA los directores israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor, que ganaron el Oscar en 2024 con No Other Land junto a los palestinos Basel Adra y Hamdan Ballal, es un detallado recuento que revela las estrategias de destrucción detonadas a partir del 7 de octubre, “los sistemas secretos organizados para asesinar en masa a la población palestina”, afirman sus creadores. “Las referencias a la Shoah llegaron de los propios militares”, señaló ayer en el Lido Yuval Abraham. “Pero ya que estamos en Italia, el país de Primo Levi, para mí la memoria del Holocausto y del antisemitismo no pueden ser instrumentos para no afrontar lo que está ocurriendo en Gaza. Israel ha usado el antisemitismo como arma para autojustificarse. Sin embargo, yo, que soy nieto de supervivientes del Holocausto, no quiero ser su cómplice”. “No se trata de comparar el Holocausto con Gaza, no son lo mismo”, respondió Abraham a la pregunta de un periodista alemán, “aunque los patrones de deshumanización sí son los mismos y defender los derechos humanos es honrar la memoria del Holocausto”. El productor principal de NAZA, James Wilson, también está detrás de La zona de interés, sobre la vida en Auschwitz de su comandante, Rudolf Höss. Su director, Jonathan Glazer, apareció este jueves en el Lido como productor ejecutivo del documental. Wilson afirmó que no le preocupan las amenazas de antisemitismo que están afectando a otros críticos con Israel: “A diferencia de actores como Mark Ruffalo, yo soy judío, mi colaborador Jonathan Glazer es judío y Yuval y Rachel son judíos israelíes. No soy ingenuo, reconozco la naturaleza de estos ataques y su estrategia: ocultar la verdad. Sin embargo, el judaísmo no está reñido con señalar la violencia sistémica del gobierno de Israel contra la población indígena de Palestina”.En NAZA, algunos militares hablan de la sed de venganza después del 7 de octubre y otros explican el callejón sin salida en el que, confiesan, se sienten tres años después de formar parte de un engranaje de tecnología hipersofisticada en la que los móviles de los gazatíes sospechosos de pertenecer a Hamás permitieron un mapeo en el que los objetivos no eran solo ellos, sino los edificios en los que vivían, sin tener en cuenta todos esos naza (mujeres, niños, ancianos) que los rodeaban. De ahí pasaron a una segunda fase en la que se organizó prender fuego una a una las ruinas de esos edificios para arrasar con lo que quedaba de los hogares y su memoria. La tercera fueron los conocidos “juegos del hambre” de los francotiradores, cuando la hambruna en Gaza convirtió a sus habitantes en “hormigas” desesperadas. Los agentes explican con bocetos garabateados en plena noche cómo los sistemas de control remoto y su IA funcionan como un videojuego en el que “por un terrorista, hay hasta 500 nazas”. La señal siempre llegaba de los móviles hackeados y cada vez que se escuchaba la frase “Papá está en casa” apuntaban a la planta entera, que provocaba el derrumbe de todo lo demás. Estos “técnicos” de matanzas sistemáticas —algunos pertenecientes a la “élite militar”— hablan de cómo los gritos que escuchaban al otro lado de sus modernas instalaciones empezaron a perseguirlos, hablan de fosas comunes, de las hormonas disparadas por cada misión, de la “loca adrenalina” de la guerra: “Era divertido, ninguno de nosotros dudaba. Nos preguntaron si necesitábamos ayuda psicológica y no nos hizo falta”, dice uno de ellos.“Todo lo que se cuenta aquí se sabía, está publicado. Pero no es lo mismo escucharlo, viendo los matices que aportan con sus bocetos y explicaciones”, señaló este jueves Rachel Szor. Sobre el proceso para ocultar la identidad de los oficiales y soldados, el jefe de investigación de The Guardian, Paul Lewis, defendió el derecho legal de protección de las fuentes. “Como en No Other Land, lo que perseguimos es exponer cómo de forma sistemática se están cometiendo crímenes de estado que, como israelíes, es nuestra responsabilidad denunciar”, añadió Yuval Abraham. “Las motivaciones de los hombres que hablan en NAZA son variadas, algunos lo hacen porque quieren derribar el muro de negación que se vive en Israel, otros no sienten demasiados remordimientos pero quieren hablar, hay de todo… pero los protagonistas no son ellos. Como ocurría en La zona de interés, las víctimas están fuera de campo, pero nunca fuera de nuestras cabezas”. “Nuestra película”, añadió, “se rodó de noche porque estamos dentro de esa oscuridad y aunque, al menos para mí, no hay mucho lugar para la esperanza, hay que buscar algo de luz y seguir adelante, y para eso hay que afrontar lo que ha ocurrido y que los responsables paguen por ello”.El recuerdo de ‘La voz de Hind’Si hace un año La voz de Hind, de la directora tunecina Kaouther ben Hania (que en esta edición es miembro del jurado que preside Maggie Gyllenhaal), y que también estaba producida por James Wilson, removía las tripas del Lido —logró el León de Plata del Gran Premio del Jurado por su relato sobre una niña palestina de cinco años que murió por disparos de las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF)—, cuesta creer que NAZA, que recoge con rigor y sin caer en sentimentalismo, sin adjetivos de más, una investigación periodística de primer orden y que solo entra en Gaza en un devastador minuto final, no aspire al palmarés del próximo sábado.