TribunaLos partidos que llegan al poder anunciando cambios radicales comprueban que los votantes desean un cambio sin reformas, por lo que renuncian a acometerlas ante la perspectiva de un batacazo electoral. V�anse Macron o MerzActualizado Mi�rcoles,
septiembre
23:01La contundente victoria de Alternativa por Alemania en el peque�o Estado de Sajonia-Anhalt ha sonado como un trueno en la esfera p�blica europea: que la extrema derecha obtenga un 44% de los votos en suelo alem�n no sucede todos los d�as. Sus rivales democristianos se han quedado en el 17% y los socialdem�cratas no han llegado al 10%; los Volksparteien que han protagonizado la historia pol�tica en la Alemania de posguerra suman as� menos del 20% de los votos en una elecci�n donde la participaci�n ha sido muy alta. Claro que democristianos y socialdem�cratas han protagonizado la historia pol�tica de la Alemania occidental; estas elecciones se han celebrado en suelo oriental. Era aqu� donde hab�an de materializarse aquellos �paisajes florecientes� que Helmut Kohl, hacedor de la reunificaci�n, prometi� en su d�a. Pero han pasado m�s de tres d�cadas y esos paisajes no aparecen por ninguna parte; las regiones de la vieja DDR siguen siendo mucho m�s pobres que las de la vieja RFA. Y eso contribuye a explicar –junto a la propia herencia comunista– que la extrema izquierda conserve predicamento en esa mitad del pa�s: los comunistas ortodoxos de Die Linke obtuvieron el domingo casi el 9% de los votos y los nacionalistas de izquierda capitaneados por Sarah Wagenknecht han superado la barrera del 5%. Pese a que la AfD se ha quedado al borde de la mayor�a absoluta, en fin, puede descartarse la formaci�n de un Gobierno alternativo: el Frankenstein resultante adolecer�a de tal incongruencia que apenas lograr�a moverse.Que la contundente victoria de la AfD haya tenido lugar en un contexto tan singular como el de la Alemania Oriental no ha atenuado su impacto sobre la opini�n p�blica europea. El ritual ya es conocido: el lamento por la victoria extremista viene acompa�ado de un blame game consistente en la b�squeda de responsables directos –la izquierda culpa a la derecha y la derecha culpa a la izquierda– al tiempo que se multiplican los llamamientos a evitar que el mal se propague. Se reiteran as� las habituales declaraciones altisonantes: hay que poner pie en pared, ya vimos lo que pas� en Weimar, los pueblos que olvidan su historia est�n condenados a repetirla. Pero la situaci�n es m�s din�mica de lo que parece: aunque los extremistas siguen creciendo en algunos pa�ses, hasta el punto de que aguardamos con la respiraci�n contenida unas presidenciales francesas cuya segunda vuelta podr�a a Marine Le Pen con Jean-Luc M�lenchon, han perdido pie en Hungr�a o Polonia y no acaban de hacer mella en las democracias del norte de Europa. Y si Donald Trump nunca hab�a sido tan impopular entre los estadounidenses, lo que sugiere que la democracia en Am�rica no sucumbir� a manos del fascismo, la Italia de Giorgia Meloni ha demostrado ser mucho m�s pragm�tica de lo que nadie pod�a esperar.Nuestro pa�s es un caso aparte: en lugar de facilitar la investidura del partido que gan� las elecciones, el PSOE de Pedro S�nchez se asoci� con los nacionalismos destituyentes y la extrema izquierda, dando con ello pie a una legislatura est�ril en la que se ningunea al Parlamento y ni siquiera se presentan las cuentas p�blicas. La ret�rica del cord�n sanitario es objeto de perversi�n: la izquierda descalifica a la derecha moderada como �ultraderecha� y se al�a con los enemigos confesos del r�gimen constitucional nacido en 1978. �Todo vale! Y aunque Vox sigue en ascenso, la noticia es que nuestra derecha moderada dobla en intenci�n de voto a la extrema derecha. Mientras tanto, Alian�a Catalana no deja de crecer y a nadie extra�ar�a que Bildu ganase las pr�ximas auton�micas: he ah� dos extremismos que parecen suscitar poca inquietud entre quienes se rasgan las vestiduras con el ascenso de los ultras alemanes. Pero tambi�n es incongruente advertir sobre el socavamiento de la democracia liberal en otras latitudes –mucho hemos hablado de Hungr�a y Polonia– cuando ese mismo proceso se encuentra ya avanzado entre nosotros: la �ltima guinda del pastel iliberal son esas listas del Ministerio del Interior que clasifican a los periodistas en funci�n de su actitud hacia el Gobierno. �Que aprendan en Sajonia!Espa�a muestra que el debilitamiento del centro pol�tico en los reg�menes liberales –un centro que incluye al centroderecha y al centroizquierda– puede producirse de maneras bien distintas; la nuestra acaso sea la m�s original. Bajo este marco se debate qu� hacer con populistas y extremistas: �hay que dejarlos gobernar, para que se haga manifiesta su incompetencia y pierdan con ello apoyo popular? �O hay que insistir en la pol�tica del cord�n sanitario, acrecentando con ello la leyenda de los insurgentes? Y si se hacen cordones sanitarios, �solo se deja fuera a la extrema derecha y no, en cambio, a la extrema izquierda? Francis Fukuyama ha dicho que las democracias tienen que relajarse: la histeria no sirve para frenar a los extremistas. Pero Hungr�a demostr� que el populismo triunfante sabe poner las instituciones a su servicio cuando estas son d�biles; algo sabemos los espa�oles al respecto. Va de suyo que el cord�n sanitario no puede aplicarse all� donde el populista gana las elecciones; cuando eso sucede, hay de todo: Orban se radicaliz�, Meloni se moder�, Kurtz fracas�.Sea como fuere, hay una cuesti�n de fondo. A saber: de nada sirve montar cordones sanitarios o grandes coaliciones –los alemanes ya llevan unas cuantas– si el malestar de los ciudadanos sigue aumentando y los partidos antiestablishment ganan apoyos. Es aqu� donde se hace imprescindible evitar la demonizaci�n del votante extremista y proceder al an�lisis cuidadoso de las causas de su conducta electoral. Aunque llevamos a�os debatiendo si ese ciudadano act�a movido por privaciones materiales o desasosiegos identitarios, quiz� sea hora de superar esa dicotom�a y aceptar que ambos factores se retroalimentan entre s�. Desde el estallido de la Gran Recesi�n, las clases medias y trabajadoras de las sociedades occidentales tienen la impresi�n –que los datos a menudo confirman– de que sus condiciones de vida han empeorado; el progreso gradual ha dado paso al estancamiento. Y eso complica mucho la recepci�n de los potentes flujos migratorios de los �ltimos a�os, que para colmo se producen en un contexto de sostenido declive de la natalidad: los ciudadanos se preguntan si el inmigrante sostiene el Estado de Bienestar o rebaja los salarios mientras encarece la vivienda. Otros sienten que la inseguridad crece; sea o no cierto, esa convicci�n produce efectos electorales. Tampoco la Comisi�n Europea ha sabido moverse con habilidad: mucho ha tardado en comprender que una transici�n energ�tica que se hace a costa del crecimiento ser� rechazada por los votantes.Nos encontramos as� atrapados en un c�rculo vicioso: los partidos que llegan al poder anunciando cambios radicales comprueban que los votantes desean un cambio sin reformas, por lo que renuncian a acometerlas ante la perspectiva de un batacazo electoral; v�anse la Francia de Macron, la Gran Breta�a de Starmer, la Alemania de Merz. Otros ni siquiera se arriesgan: S�nchez ha abierto la puerta a la inmigraci�n masiva para que crezca el PIB y tira de deuda e impuestos para mantener satisfecha a una clase pasiva –los pensionistas p�blicos– que bloquea las reformas en media Europa. Pero no se trata solo de los mayores: casi nadie siente apetito por esas reformas estructurales que necesitamos si queremos ser competitivos en un mundo feroz. �En qu� caj�n de Bruselas se guardan los informes de Draghi y Letta sobre las ineficiencias de la econom�a europea? Ante semejante par�lisis, que los votantes han contribuido a crear, el voto antiestablishment termina siendo una opci�n atractiva: h�gase populismo y perezca el mundo.�Hay salida para esta situaci�n endiablada? Si la hay, no se la ve. Porque las virtudes que necesitamos –honestidad diagn�stica, racionalismo pragm�tico, disposici�n al compromiso– son justamente las que no tenemos: ni los partidos ni los votantes. Y bien que lo estamos pagando.Manuel Arias Maldonado es catedr�tico de Ciencia Pol�tica de la Universidad de M�laga. Su �ltimo libro es La pulsi�n nacionalista (Debate)










