“Alternativa para Alemania” ganó este domingo las elecciones de Sajonia-Anhalt con más del 40% de los votos, el doble que hace cinco años y el mejor resultado de la extrema derecha alemana desde la Segunda Guerra Mundial. Alice Weidel no esperó ni un día para reclamar elecciones federales anticipadas y un “mandato para gobernar” el país. Si eso ocurre, las cuatro economías más grandes del mundo, que reúnen a cerca del 40% de la población y la mitad de la economía del planeta , estarán gobernadas por liderazgos a los que la democracia les importa poco o nada. El consenso democrático se erosiona y no es solo un fenómeno alemán. Según el World Values Survey, comparado a principios de siglo se ha duplicado la población mundial prefiere a un líder fuerte sin frenos. La pérdida de confianza se acentúa entre los más jóvenes. La mitad de ellos dice apoyar gobiernos autoritarios o le resulta indiferente el régimen político, y el 75% de los menores de treinta años, según Naciones Unidas, siente que los políticos no los tienen en cuenta. Votan menos y responsabilizan a los políticos por esa desconexión. Lo que está en juego va mucho más allá de una región alemana. Increíblemente, hoy se discute si la democracia es una aspiración de la comunidad y si sigue siendo un pacto que vale la pena sostener. Por eso hace falta renovar los votos. Votos en el sentido más concreto de la palabra, el de las convicciones y el esfuerzo que toda la sociedad decide volver a poner en juego, porque estamos en riesgo de perderla. Y renovar un compromiso exige siempre recordar cómo se fue construyendo en occidente en el último siglo. Hay antecedentes de que ese pacto puede reconstruirse después de una catástrofe. La Gran Depresión en los años 1930 y las guerras mundiales sacudieron la sociedad y cambiaron las reglas de juego. El costo humano y económico fue tan alto que abrió paso a un nuevo sentido político. El capital comenzó a sumarse al contrato democrático, aceptando regulaciones y mayores impuestos como un costo razonable para asegurar estabilidad y paz social. El multilateralismo se convirtió en el dispositivo para coordinar políticas, fijar reglas comunes y administrar conflictos en un mundo atravesado por profundas asimetrías. La democracia liberal alcanzó su forma más plena en los países donde el Estado logró controlar al gran capital, regulando sus excesos y exigiendo una contribución al bienestar colectivo. Iberoamérica, por ejemplo, construyó sus propios consensos. Luego de décadas de dictaduras sangrientas, la política acordar reglas de juego comunes: devolver a los militares a los cuarteles, respetar reglas universales de derechos humanos, y procesos electorales limpios. En Argentina, el “Nunca Más” de 1983 y el juicio a las juntas fundaron un compromiso colectivo con la libertad de expresión, el rechazo al terrorismo de Estado y a la desaparición forzada de personas, y el valor de vivir en democracia, con un repudio amplio al uso de las fuerzas armadas hacia el interior del país. Algún político hasta llegó a hacer campaña sosteniendo que con la democracia se comía, se curaba y se educaba. Organizaciones como la Unión Europea, la Organización de los Estados Americanos y el Mercosur incluyeron cláusulas democráticas que explicitan la vigencia de las instituciones en condición para integrarse comercialmente. Lejos de ser ideales, fueron avances enormes, que hoy peligran. El contrato democrático en la era digital Ese pacto hoy pareciera estar roto. En esta era dominada por elites financiera-digitales el desafío es gobernar sistemas sociotécnicos que reconfiguran el trabajo y las decisiones. Los sectores más dinámicos de la economía generan super ricos y excluyen a las mayorías. Tenemos récords de ventas de yates de lujo, ni tan pocas oportunidades para los jóvenes. El trabajo pierde así su rol central en el reconocimiento social y en la construcción de la identidad colectiva. Las plataformas digitales en vez de generar diálogo democrático, lo destruyen. Para poder lograr mayor conectividad y ganancias económicas, éstas buscan generar adicción, polarización y nos encierran en burbujas algorítmicas. Su modelo de negocio es, centralmente, destruir lazos comunitarios. Este es el calvo de cultivo para la emergencia de expresiones políticas que explotan este contexto, impulsando agendas basadas en el odio, la discriminación y la construcción de sociedades para unos pocos. El gran capital financiero digital les proporciona los recursos, y las tecnologías para desplegar su agenda política. Paralelamente, el multilateralismo también perdió su poder para impulsar agendas globales premiando y castigando conductas que violan los acuerdos democráticos. Es más, presidentes como Trump o Milei han retirado a sus países de decenas de organismos multilaterales. El resultado electoral en Alemania, y potencialmente en Brasil, España, y otros tantos, nos alerta sobre la necesidad de volver a reconstruir pactos sociales para sostener la democracia. El principal desafío es volver a meter al gran capital, en esta versión tecno feudal, dentro del contrato democrático. Menuda tarea, no puede ser el mismo a los del siglo pasado. Primero, porque a diferencia de los anteriores, la democracia no es prioridad para ninguna de las potencias actuales. Además, este pacto debe incluir un nuevo vínculo con la naturaleza y salir de la y la relación norte-sur del capitalismo global. El orden de posguerra se diseñó para un capitalismo industrial de base nacional y no previó a las plataformas, al capital que escapa de la jurisdicción de los Estados ni a una transición digital que devuelve al Sur al lugar de proveedor de minerales y energía. Los países del sur ocupan un lugar marginal entre los inversores y las empresas de inteligencia artificial, pero concentra la energía, el cobre, el litio y las tierras raras que la sostienen. Los datacenters que llegan a nuestros países prescinden de transferencias tecnológicas significativas, porque la demanda hacia el sur se limita a la energía para mantenerlos y al acceso a los minerales. Los territorios se vuelven a configurar como escenarios de disputa geopolítica por recursos estratégicos, con una transición digital que reproduce lógicas extractivas y de dominación. Para salir de este embrollo, se requieren otro tipo de coaliciones que incluyan un protagonismo y liderazgo desde el Sur Global. Estos acuerdos deben ser amplios y generosos, porque deben ser capaces de impulsar con reglas capaces de gobernar los sistemas sociotécnicos complejos, de rediseñar instituciones que puedan gobernar economías intangibles de alcance global y explorar nuevas fronteras como la lucha por la soberanía cognitiva. Todavía no sabemos cómo se escribe, pero sabemos que ninguna fuerza puede escribirlo sola. Para debatir estos desafíos convocamos a participar del festival Democracia Viva, del 15 al 17 de septiembre en Buenos Aires.