Con el otoño a la vuelta de la esquina y las temperaturas que empiezan a dar ya un pequeño respiro, recuperamos poco a poco las ganas de pasar más tiempo entre los fogones sin sufrir por el calor. Después de los meses de verano, en los que triunfan las preparaciones frescas y rápidas, vuelven a apetecer los platos calientes y reconfortantes. Encender el horno deja de ser un gesto casi impensable y las nuevas verduras de temporada empiezan a ganar protagonismo en nuestra cocina.
Entre ellas encontramos las coles y, en particular, la coliflor, una hortaliza de la familia de las crucíferas que aunque podemos encontrar en el mercado durante todo el año, tiene uno de sus mejores momentos durante los meses de otoño e invierno. Junto con el tahini, la coliflor es el ingrediente principal de esta guarnición sencilla que nos demuestra que comer verduras no tiene por qué ser aburrido. Al asarla, la coliflor adquiere un sabor ligeramente tostado y una textura crujiente por fuera pero tierna por dentro, que combina a la perfección con la cremosidad y el sabor intenso del tahini, una pasta que se elabora con semillas de sésamo y que está muy presente en las cocinas de Oriente Medio.
La combinación resulta muy interesante también desde el punto de vista nutricional. Según la Fundación Española de la Nutrición (FEN), la coliflor es una buena fuente de potasio, folatos y vitamina C. El tahini, por su parte, añade a la combinación proteínas vegetales, grasas insaturadas y minerales como el calcio, el magnesio y el hierro. Una pareja sabrosa y nutritiva, que podremos servir acompañando a carnes, pescados, huevos, legumbres u otras proteínas vegetales. Pero que tiene suficiente entidad como para convertirse en un plato por sí sola, especialmente si la complementamos con garbanzos, frutos secos o algún cereal.








