Cuando suena la alarma por la mañana, mi primer pensamiento no es qué voy a desayunar o qué tengo que hacer en clase o en el trabajo. Mi primer pensamiento es cuánto pesa mi cuerpo. Es un peso real, físico, como si las sábanas estuvieran hechas de cemento. No es pereza, es algo mucho más profundo que viene de toda la medicación que me tomé el día anterior y, sobre todo, del hipnótico que me ayudó a “desconectarme” por la noche. Me quedo ahí un rato, mirando a la nada, intentando que mis músculos respondan. Hay mañanas en las que siento que soy un motor viejo que arranca a tirones y le cuesta la vida ponerse en marcha y otras, pocas, en las que parece que la medicación por fin hace lo que debe y se enciende una luz que me permite funcionar.
Pero lo normal es ese inicio lento. Me levanto sin fuerzas, con la sensación de que todavía no he terminado de despertarme del todo. Es como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada en el sueño químico de la noche anterior. Voy al baño, me lavo la cara y me miro al espejo, pero a veces me cuesta reconocerme en esos ojos que parecen estar siempre un poco empañados. Es la rutina de empezar el día a contracorriente, intentando alcanzar un ritmo que el resto del mundo ya ha pillado hace horas.






