En tiempos de prisa, algoritmos y desconfianza, escuchar y ser escuchado se ha vuelto un acto político

“La comunitaria es nuestra forma natural”, afirmaba el guionista Eduard Sola en un artículo el pasado noviembre. Y no puedo estar más de acuerdo con él porque, en una época en que

stillas-pastillas-pastillas.html" data-link-track-dtm="">se recetan ansiolíticos más rápido de lo que se hacen amigos, hemos olvidado algo esencial: el bienestar mental no es solo un asunto de química cerebral, sino de vínculos humanos.

La salud mental cotidiana depende tanto del afecto y la comunidad como de la terapia o la medicación. Pero algo no estamos haciendo bien, puesto que vivimos una epidemia de soledad. Los datos son elocuentes. España, el país famoso por su mediterraneidad, extroversión, fiestas y relaciones sociales, ostenta el récord de mayor consumo de psicofármacos: casi uno de cada cuatro adultos ha tomado ansiolíticos o antidepresivos en los últimos años (Ministerio de Sanidad, 2023). Paralelamente, la mitad de la población afirma sentirse sola, especialmente jóvenes y personas mayores. Pero lo más inquietante es que esta soledad no siempre se debe a la falta de gente alrededor, sino a la falta de vínculos significativos. Vivimos rodeados y, al mismo tiempo, desolados.