Anelisse, de 14 años, llegó al consultorio del psiquiatra con un diagnóstico de trastorno del estado de ánimo y depresión. Los padres dijeron que estaban desesperados. Después de vivir situaciones extremas, recurrían al especialista, pero necesitaban ver mejorías pronto. El profesional indicó un tratamiento farmacológico, y efectivamente la respuesta apareció poco después. La chica empezó a mostrar progresos. Entonces surgió también el dilema: la familia, viendo ese avance, quería sostener solo el tratamiento con medicación e incluso planteó la posibilidad de aumentar la dosis en lugar de sumar un abordaje psicoterapéutico. El psiquiatra tuvo que poner un límite a esa expectativa: los medicamentos podían sacar a la adolescente del estancamiento inicial, pero el progreso iba a tener un techo si no se acompañaba con trabajo psicológico. El caso tuvo finalmente una buena evolución porque la familia decidió avanzar con el tratamiento integral, que implicó sesiones de psicoterapia y que involucró no solo a Anelisse, sino a toda la familia. Poco a poco, los síntomas depresivos y ansiosos fueron desapareciendo. No fue mágico, ni rápido. Implicó meses para ver los primeros cambios, y un compromiso para sostener el proceso.Sin embargo, esta no es la realidad de la mayoría de los adolescentes que hoy atraviesan una profunda crisis de salud mental: preocupa a los especialistas el aumento de la indicación de medicación psiquiátrica, de la mano de la solicitud de las familias. El tratamiento farmacológico, coinciden, resulta útil –y muchas veces necesario– como primera respuesta para estabilizar al paciente, aunque debe ir acompañado de un abordaje integral y sostenido en el tiempo.Esta semana, se dio a conocer un informe realizado en España. Investigadores del grupo OPIK de la Universidad del País Vasco examinaron 157.868 diagnósticos de ansiedad o depresión registrados en consultas de atención primaria de todo ese país en paciente de 14 a 25 años y luego constataron qué porcentaje de ellos recibió al menos un ansiolítico, un hipnosedante o un antidepresivo en los 30 días posteriores. La conclusión fue que en 2018 era menos probable empezar a medicarse tras este problema –un 24,4% de pacientes obtenía una receta– que en 2024 –un 35,1%–, los años que delimitan el estudio. El aumento de la prescripción va de la mano de la solicitud de las familias de iniciar tratamientos psicofarmacológicos BBC MundoLa situación es similar en la Argentina, según aseguran los especialistas consultados por LA NACION. Aunque no hay datos actualizados, afirman que el incremento en el uso de medicación para abordar problemas de salud mental en adolescentes es solo la punta visible del iceberg: además, existe un aumento de los casos que llegan a los consultorios a partir de la pandemia y esto se explica tanto por una mayor incidencia como por un mayor nivel de diagnósticos. Por otra parte, señalan la dificultad con la que se encuentran las familias a la hora de iniciar un tratamiento psicoterapéutico, tanto por la falta de especialistas en psiquiatría infantojuvenil como por la odisea que significa conseguir turnos con psicólogos, a raíz de la alta demanda y los horarios acotados que tienen los mismos adolescentes por los compromisos escolares. También apuntan a los altos costos de los tratamientos a los que no se accede desde una cobertura de obra social o prepaga, el tiempo familiar que se requiere para sostener y acompañar el proceso terapéutico, como algunos de los factores que pueden estar pesando en el aumento en el uso de medicación entre los chicos, entre otros.Acceder a un psiquiatra infantojuvenil es una misión cada vez más difícil. En la Argentina, hay solo 454 de esos especialistas en actividad y 3945 psiquiatras generales, tal como publicó este medio según datos del Ministerio de Salud de la Nación. Dicho de otro modo, hay cuatro psiquiatras infantojuveniles activos por cada 100.000 niños, niñas y adolescentes.También, explican los especialistas, hay una demanda de inmediatez muy marcada entre los padres para ver resultados pronto; algunos incluso ya llegan a los consultorios solicitando el uso de ansiolíticos, tranquilizantes y otros recursos que ellos mismos dicen utilizar para regular sus propias crisis.Los consultorios cada vez reciben más casos extremos de adolescentes que requieren de la participación de un psiquiatra y del uso de medicaciónBBC MundoLos datos en el país son escasos. En el inicio de la pandemia, ante el aumento de eventos de salud mental entre los menores, se conoció información sobre el aumento en el mercado local de la venta de los dos medicamentos más utilizados: risperidona y aripiprazol, los dos psicofármacos más indicados por los psiquiatras en niños y adolescentes. “Son neurolépticos atípicos y funcionan como reguladores conductuales. Apuntan a regular el aparato psíquico. Pero la medicación no es todo el tratamiento, es apenas un fertilizante para que la psicoterapia funcione”, explica Andrea Abadi, psiquiatra y directora del Departamento Infantojuvenil de Ineco.La venta de aripiprazol en el país, en ese momento había crecido un 13% con respecto al año anterior, se informó desde Iqvia, una consultora internacional de investigación del mercado farmacéutico, especializada en ciencia de datos en salud. La risperidona había tenido un crecimiento del 1%, con picos de un 5% en 2021. Vale aclarar que no son drogas exclusivamente pediátricas, por lo que es difícil medir qué proporción corresponde a niños y adolescentes medicados. Marina Manzione, psicóloga especialista en niñez y adolescencia, formó parte de Equipo Pionero, un grupo interdisciplinario que realizó un diagnóstico de la situación emocional de los adolescentes en pandemia. En su consultorio cada vez recibe más casos extremos de adolescentes que requieren de la participación de un psiquiatra y del uso de medicación.“El aumento de casos es real. Pero también hay que decir que hay una demanda social de resolución inmediata por parte de las familias. Antes los padres tenían más reticencia para medicar a los hijos, ahora incluso son ellos los que proponen si no se les puede dar algo. Incluso con frecuencia relatan que ya hubo experiencias previas, o que los padres ya usaron el recurso farmacológico en ellos mismos. Te explican que usaron ‘la pastillita’ y que, con eso, resolvieron y bajaron la intensidad del síntoma. Son patrones de experiencia que están en las familias. Sin embargo, no es esa la solución. No me refiero a que no sea necesario el uso de medicación, pero en muchos casos solo debería usarse al inicio del tratamiento, como ese empujoncito necesario para bajar la ansiedad y conseguir una adherencia al tratamiento, pero siempre debe ser en el contexto de un proceso psicoterapéutico”, describe.Añade que no siempre es sencillo hacerles ver a los padres que el síntoma aparece porque viene a indicar algo, que debe ser abordado, no solamente acallado o tranquilizado con una medicación. Muchas familias, no obstante, enfrentan dificultades tanto económicas como de organización y tiempo para sostener el tratamiento. “En general, cuando aparecen estos cuadros, hay que hacer un trabajo más profundo, que lleva tiempo y compromiso. Pero hay que reconocer que hay una cuestión de tiempos asistenciales que en la Argentina son complejos, terapias cada vez cortas, poca accesibilidad de espacios terapéuticos; mucha lista de espera, la oferta está colapsada y la demanda es mucho mayor”, apunta Manzione.No siempre es sencillo hacerles ver a los padres que el síntoma indica algo que debe ser abordado, no solo tranquilizado con una medicaciónRicardo PristuplukTambién apunta a la falta de otros ámbitos o espacios que históricamente funcionaron como redes de contención social. “Hay algo central en el malestar juvenil que tiene que ver con la incertidumbre. Esas redes de apoyo que funcionaban con factores preventivos hoy no están. En esas redes encontrábamos lugares seguros, para actuar desde la calma, no desde el modo supervivencia. Ahí aparecen los síntomas ansiosos”, aporta. Y agrega: “El riesgo es patologizar y medicalizar algo que en realidad es una respuesta adaptativa al entorno. En lugar de abordar la complejidad de la trama”. “Yo noto un aumento en la demanda y en los diagnósticos. Los adolescentes vienen diciendo que se sienten mal. También recibimos muchos pedidos de evaluaciones psiquiátricas, de psicólogos que derivan. Esto genera un gran cuello de botella, todo el tiempo estamos respondiendo que no tomamos más pacientes porque no tenemos más tiempo en las agendas. Se suma el hecho de que la oferta del sistema público es muy poca y en el sistema prepago, también. Incluso, aunque estés dispuesto a pagar la consulta no conseguís turno. La disponibilidad de 17 a 20, que es el horario en que salen del colegio, está colapsada”, subraya Abadi.La especialista relata que hace unas semanas una familia, cuya hija concurrió a uno de los talleres de psicoterapia, le propuso esperar un tiempo antes de incorporar la medicación en el tratamiento, porque veían grandes avances. “Eso es muy poco frecuente. La mayoría pide todo lo contrario. Hay una generación de padres que le perdió miedo a la psiquiatría, hay más psicoeducación, pero también es verdad que los padres vienen muy agotados. Los colegios no están preparados para tolerar problemas de conducta y son expulsivos. Hoy no existen escuelas para chicos con dificultades de conducta ni un plan académico. Tengo muchos casos de chicos que les permiten asistir solo una hora al día y terminar la primaria sin haber aprendido nada. Además, ese chico que no es invitado por nadie a los cumpleaños, vive toda la situación escolar con mucha violencia. Los otros padres arman movidas para expulsarlos de la escuela. Lo que ocurre en el ámbito educativo tiene un peso muy importante en el sufrimiento de chicos y adolescentes. El bullying, el acoso, incluso el rechazo por parte de la escuela. Muchas veces, para que ese chico pueda estar dentro del colegio más cantidad de horas, se lo medica”, explica Abadi. “Pensaba en esta metáfora: ¿por qué más diagnósticos psiquiátricos, más intervención farmacológica? Por la misma razón que aparecen más estrellas y planetas cuando se construyen mejores telescopios, telescopios más sensibles”, afirma Juana Poulisis, psiquiatra infantojuvenil, magister en Psiconeurofarmacología y especializada en trastornos de la alimentación.Poulisis hace una diferenciación entre la medicación positiva y aquella que resulta adictiva, o que en lugar de propiciar un tratamiento solo tiende a apagar el síntoma, sin lograr un abordaje completo. “Hay que pensar en lo complejo que está siendo para las familias acceder a los tratamientos, ya sea conseguir un terapeuta o un psiquiatra”, coincide con las otras especialistas. Como ellas, señala la dificultad para sostener el tratamiento –desde los horarios hasta lo económico– como un factor que puede estar influyendo en apoyarse más en una pata farmacológica para salir de una situación aguda. “En realidad, los psiquiatras infantojuveniles intentamos no hipermedicar. Medicamos si es necesario. Los trastornos de ansiedad, los cuadros afectivos, anímicos, son cuadros biológicos. Si existe la intervención farmacológica positiva, no adictiva, ¿por qué no utilizarla? Obviamente se interviene con psicofármacos y con abordaje psicológico cuando es necesario. Pero lo primero que trabajamos los psiquiatras es la intervención en la regulación emocional, en la regulación de la ansiedad, con estrategias que no sean farmacológicas. Eso es lo que se aprende desde el día uno en psiquiatría; si no, generaría adicciones, dependencia. Y cuando se interviene con medicación, se intenta dar medicaciones que no son adictivas”, concluye la psiquiatra. PsicologíaPsiquiatríaSalud mental