Una de las caras de la crisis de salud mental que atraviesan los jóvenes de las sociedades occidentales es la medicalización del malestar: buscar la pastilla que solucione el problema, una respuesta química a un complejo proceso biopsicosocial. El fenómeno se había inferido a través de encuestas cruzadas con datos del aumento del consumo de psicofármacos. Un nuevo trabajo muestra ahora de forma directa cómo, ante un mismo diagnóstico, las prescripciones de estos medicamentos se han disparado.Investigadores del grupo OPIK de la Universidad del País Vasco han examinado 157.868 diagnósticos de ansiedad o depresión registrados en consultas de Atención Primaria de toda España en jóvenes de entre 14 y 25 años. Luego han comprobado qué porcentaje de ellos recibía al menos un ansiolítico, un hipnosedante o un antidepresivo en los 30 días posteriores. La conclusión es que en 2018 era menos probable empezar a medicarse tras este problema —un 24,4% de pacientes obtenía una receta— que en 2024 —un 35,1%—, los años que delimitan el estudio.En otras palabras: la probabilidad de iniciar tratamiento farmacológico tras el diagnóstico aumentó un 6% cada año durante el periodo analizado, con un incremento mayor en los trastornos depresivos que en los ansiosos.La novedad del estudio no está en constatar que hay más jóvenes diagnosticados, ni en repetir que ha aumentado el consumo de psicofármacos, que se ha triplicado en España a lo largo de este siglo. Lo relevante es que, una vez cruzada la puerta de la consulta y recibido un diagnóstico similar, la respuesta farmacológica es ahora más frecuente. “Ha habido un cambio en la manera que tenemos como sociedad de afrontar el malestar de los chavales, en este caso centrado en un mayor uso de psicofármacos”, explica Xavier Martínez-Mendía, investigador predoctoral del grupo OPIK. El equipo lleva años estudiando el consumo de psicofármacos en adolescentes y jóvenes, sus desigualdades de género y de clase social, y las posibles explicaciones de su aumento. Una de ellas era la medicalización del malestar: la tendencia a comprender y tratar en términos médicos problemas emocionales, sufrimientos cotidianos o dificultades vitales.No solo se diagnostican más problemas de salud mental, sino que los fármacos ganan centralidad como herramienta para responder a ese diagnóstico. “La hipótesis es que, como sociedad, se tiende cada vez más a entender el malestar en términos clínicos y a esperar de la consulta una solución farmacológica”, precisa Maite Campo-Iparagirre, otra de las firmantes del estudio.El estudio no entra (no puede hacerlo) a evaluar hasta qué punto esas prescripciones son o no adecuadas. Pero lo cierto es que la indicación de psicofármacos para jóvenes es muy restringida. Solo en casos muy concretos y extremos deberían salir de una primera consulta con una receta, y es algo que sucede en uno de cada tres casos, según pone de manifiesto la publicación, que fue presentada la semana pasada en el congreso anual de la Sociedad Española de Epidemiología (SEE), al que EL PAÍS acudió invitado por la organización. Tanto es así que una de las estrategias en salud mental del Ministerio de Sanidad es precisamente reducir la prescripción de este tipo de medicamentos.“Nuestro planteamiento no es culpar a los facultativos”, insiste Martínez-Mendía. Su argumento es que el aumento de las recetas puede deberse tanto al profesional como al paciente que pide el fármaco o que acude a la consulta con la expectativa de que recibirá una pastilla.Idoia Jiménez, médica de familia del grupo de adolescentes de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria, reconoce esa presión en la consulta. “Hay mucha demanda y poco tiempo. Eso lleva a algunos profesionales muchas veces, en vez de hacer un seguimiento, a mandar una pastilla intentando que sea un poco mágica”, razona. En adolescentes, la evidencia científica aconseja sobre todo intervenciones como la terapia cognitivo-conductual, y la medicación debería reservarse para casos más extremos, crónicos o de larga duración. Jiménez no suele recetar ansiolíticos en adolescentes en una primera consulta. “Les tienes que explicar que no son necesarios”, cuenta. Otra cosa, matiza, es que exista un trastorno mental de base u otra situación clínica que justifique el tratamiento. La demanda de inmediatez aparece como una de las claves del fenómeno. “Todos queremos resolver los problemas ya”, plantea Jiménez. Si una persona no duerme durante dos o tres días, quiere que al cuarto se solucione. La pastilla aparece entonces como una promesa de alivio rápido frente a intervenciones que exigen más tiempo, más sesiones o más seguimiento. La presión asistencial hace el resto.Normalización en el hogarTambién pesa la normalización familiar. Muchos adolescentes han visto en casa a madres, padres o abuelas tomar medicación ansiolítica o hipnosedante. El psicofármaco deja de ser algo excepcional y pasa a formar parte del botiquín emocional cotidiano. “Muchas veces lo demandan por eso y, en algunos casos, incluso pueden recibirlos en la propia casa antes de llegar al médico”, apostilla la médica.Teresa Bobes, presidenta de la Sociedad Española de Psicología Clínica (ANPIR), rechaza que el fenómeno pueda despacharse con el tópico de la generación de cristal. “Sería aludir solo a una parte del problema. No son solo los jóvenes: la sociedad en conjunto busca cada vez más una sensación de bienestar inmediato o la evitación del malestar a toda costa. Ocurre en salud mental, pero también con el dolor físico y el consumo de analgésicos. Se tolera peor la incomodidad, la tristeza, la frustración o la incertidumbre”, asegura.Bobes no niega que los ansiolíticos puedan ser útiles en situaciones concretas y durante periodos limitados. Pero advierte de que en jóvenes hay que valorar con especial cuidado los riesgos de tolerancia, dependencia y cronificación del tratamiento. “El objetivo no debería ser únicamente reducir síntomas, sino garantizar acceso temprano a intervenciones psicológicas basadas en la evidencia, recursos de salud mental y abordajes que tengan en cuenta los factores sociales, económicos y relacionales que alimentan el malestar”, añade.La psicóloga subraya que este malestar de los jóvenes no nace de la nada. Crecen en un contexto de incertidumbre laboral, dificultades para emanciparse, transformaciones tecnológicas aceleradas, precariedad, guerras, crisis climática y entornos familiares o sociales más inestables. “Niños, adolescentes y jóvenes son el reflejo de cómo está la sociedad”, resume Bobes. El estudio también muestra diferencias por sexo. Las chicas presentan una probabilidad mayor de recibir una prescripción tras el diagnóstico, aunque la tendencia al aumento se observa tanto en ellas como en ellos. Los autores apuntan además a un gradiente socioeconómico: los jóvenes de rentas más bajas partirían de una mayor probabilidad de recibir psicofármacos ante un mismo diagnóstico, y los datos sugieren que esa probabilidad está aumentando más en esos grupos. Allí donde hay menos recursos, menos tiempo y menos alternativas, la receta puede convertirse en la respuesta más disponible.