La caballa es una de esas conservas que se han ido ganando un lugar protagonista en la cocina gracias a su sabor intenso, su interesante perfil nutricional y la sencillez con la que permite resolver una comida en tan solo unos minutos. A veces basta con un gesto tan sencillo como abrir una lata o levantar la tapa de un bote para transformar un plato. Al igual que el bonito, la melva o las sardinas, la caballa demuestra que una conserva es mucho más que un recurso de última hora.

Aunque el atún en conserva es el rey de la despensa, la caballa es una alternativa con una personalidad gastronómica más marcada, una textura muy jugosa y un sabor característico. Precisamente por esa versatilidad, merece un hueco en nuestra despensa. Almacenar unas cuantas conservas para tenerlas siempre a mano es uno de esos recursos que nos pueden hacer más llevaderas algunas comidas, sobre todo cuando vamos con prisa. No necesitan casi preparación, su vida útil es muy larga y son perfectas para improvisar una receta rápida.

Además, según los datos de la Fundación Española de Nutrición (FEN), la caballa aporta alrededor de 10 gramos de grasa por cada 100 gramos de porción comestible y destaca por su contenido en ácidos grasos omega-3, de especial interés dentro de una alimentación equilibrada.