Vuelven las mochilas, los horarios, los libros, las extraescolares y también ese chat que durante el verano permaneció prácticamente en silencio. “Padres 2ºB” o “Mamás 4ºA”. Apenas han empezado las clases y el grupo de WhatsApp vuelve a activarse. “¿Alguien sabe qué hay que llevar mañana?“, ”¿Qué tipo de cuaderno necesitan para Mates?“, ”Mi hijo no ha apuntado los deberes, ¿podéis pasarlos?“, ”Se ha perdido una sudadera", “¿A vosotros os ha contado lo que ha pasado hoy en clase? ¿Sabéis por qué han cambiado al profesor?“, son algunas de las preguntas habituales. Y es que los chats de padres se han convertido en una extensión de la vida escolar. Resuelven dudas, olvidos y cuestiones prácticas, pero también permiten reconstruir lo ocurrido en el aula, interpretar conflictos y comentar las decisiones de un profesor. Una conversación paralela que da a las familias acceso casi inmediato a una parte de la vida de sus hijos. Pero, ¿para qué sirven realmente? ¿Hasta qué punto ayuda estar al corriente de todo?El psicólogo José Antonio Luengo, catedrático de Orientación Educativa y vicepresidente primero del Consejo General de la Psicología de España, ya alertaba en marzo de 2015 de los problemas que podían generar estos grupos. Lo hacía en un artículo titulado WhatsApp, las nuevas reuniones de padres y madres, publicado cuando estos chats comenzaban a proliferar en los centros educativos y ya estaban originando conflictos entre familias y docentes por el mal uso de la aplicación. Hoy los compara con “una suerte de corrala o patio de vecinos”: un espacio donde se pregunta, responde, opina, señala y, en ocasiones, critica. Con el paso de los años, Luengo considera que sus efectos negativos “se han multiplicado de manera sustantiva”: los padres resuelven cuestiones que deberían asumir sus hijos, los conflictos entre alumnos saltan al grupo y las decisiones o actuaciones de los profesores se convierten en objeto de debate. También ha cambiado su peso en la vida escolar. “Formar parte de ellos se ha convertido casi en una obligación”, sostiene el psicólogo. Si un padre decide no estar, “puede llegar a pensarse incluso que tu hijo pierde puntos en ese complejo entramado de relaciones, jerarquía social y visibilidad”.No todos viven esa hiperconexión de la misma manera. Nuria Sánchez, abogada y madre de dos hijas, defiende su utilidad. Por sus horarios apenas puede ir al colegio y este canal le permite conocer a otros padres, saber quién es el delegado, resolver dudas o localizar algo que se ha perdido. “Para mí son positivos porque se ha respetado muy bien su función”. Laura Oliver, productora de eventos musicales y madre de dos hijos, ha conocido las dos caras. El chat de la clase del mayor funcionaba bien y resultaba especialmente útil. El del pequeño fue diferente: además del exceso de mensajes, lo recuerda como una pesadilla preguntando por deberes y exámenes. Para ella, ahí está la frontera: “Eso es lo que hace que los niños no sean responsables de sus propias cosas”.Según explica Luengo, la facilidad para solucionar desde el móvil cualquier olvido ha convertido a los padres en gestores de una parte de la vida escolar que debería corresponder progresivamente a sus hijos. “No podemos supervisarlo todo. Si hemos elegido ese centro, debemos ser consecuentes. Tenemos que cuidar, ayudar y explicar, pero generar un proceso obsesivo de control e hipervigilancia por miedo a lo que pueda ocurrirles no suele ayudar”. “Los chicos deben asumir sus responsabilidades, lógicamente de forma gradual y en función de su edad”, añade. Para el psicólogo, la equivocación también forma parte del aprendizaje: “Los alumnos deben entender que los profesores también les están pidiendo que maduren y que desarrollen su capacidad para asumir responsabilidades. Porque para acertar hay que equivocarse en alguna ocasión”. Para la psicóloga Lara Ferreiro, detrás de esa necesidad de saber y resolver puede estar la angustia de las familias. Preguntar y obtener una respuesta tranquiliza, pero solo momentáneamente. “Cuanto más control buscan los padres para sentirse tranquilos, más difícil les resulta tolerar aquello que no pueden controlar”. A ello se suma la ansiedad anticipatoria. Recibir una información parcial como “ha habido un problema en clase”, “mañana tienen un examen” o “mi hijo no ha apuntado los deberes” puede llevar a anticipar consecuencias antes de conocer bien la situación. “La inmediatez no garantiza conocer la situación completa ni su contexto”, advierte Ferreiro. La mensajería instantánea actúa, además, como un acelerador: prácticamente ha eliminado el tiempo entre lo que sucede en el colegio y el momento en que las madres y los padres se enteran, un margen que permitía al niño “reaccionar, pensar, pedir ayuda o solucionar parte del problema por sí mismo”.Pero no siempre se interviene solo para ayudar. Ver a un hijo enfrentarse a una dificultad también genera malestar, y resolverla puede ser una forma de aliviarlo. Ferreiro propone preguntarse antes de actuar: “¿Estoy interviniendo porque mi hijo realmente necesita ayuda o porque me resulta difícil verlo atravesar esta situación?”.Cuando el conflicto salta al grupoLa situación se complica cuando lo que circula en el grupo de WhatsApp no son unos deberes olvidados o una sudadera perdida, sino un conflicto entre alumnos. Lola Murias, detective privado y madre de dos niñas, cree que entonces estos chats pueden resultar incluso perjudiciales para los menores. “Se magnifican problemas que deberían resolver los niños entre ellos y, lo que me parece más preocupante, a veces se generan dinámicas que terminan provocando rechazo o señalamiento hacia determinados niños de la clase”, sostiene.Luengo recuerda que los desencuentros forman parte de la infancia y la adolescencia y del aprendizaje de las relaciones. Cuando un alumno cuenta algo ocurrido en el colegio o llega preocupado a casa, recomienda escucharle, hablar con el tutor y tratar de entender qué ha pasado. “Los adultos debemos responder a sus dudas y acompañarlos, pero intentando mantenerlos al margen de los comentarios, críticas o incluso alabanzas que circulan en los grupos de familias”, aconseja. Cuando un conflicto entre alumnos salta a una conversación grupal, el psicólogo considera que se está entrando en un terreno arriesgado. Una clase, dice, “es un ser vivo” cuyas dinámicas conocen quienes conviven con ella cada día. De ahí que defienda que “lo que sucede en el centro debe resolverse en el centro”.A esa falta de contexto se suma el “contagio emocional”, apunta Ferreiro: una persona expresa una preocupación, otra aporta una experiencia similar y una tercera empieza a preguntarse si también debería inquietarse: “En poco tiempo, la percepción de riesgo puede crecer mucho más que el problema inicial”. Cuando varias personas muestran inquietud, tendemos a interpretar que está justificada; cuanto más se habla de un asunto, más importante o frecuente puede parecernos. Una incidencia puntual termina convertida así en un problema aparentemente colectivo. Ferreiro lo resume como un efecto de “bola de nieve”.Para Luengo, una relación más saludable pasa por limitar estos canales a cuestiones concretas y establecer reglas compartidas: “No invadir la intimidad, no generar inquietud en los demás, no generar ansiedad ni provocar disonancias en las relaciones”. Los comentarios sobre las calificaciones, la asistencia de un profesor o los propios docentes deberían quedar fuera. “Creo que esto no debería permitirse, sinceramente, porque no construye nada; más bien destruye”, sentencia. Ferreiro, por su parte, apunta a otro aprendizaje: “Criar también implica aceptar que los hijos van a vivir experiencias que los progenitores no podrán anticipar ni controlar”. Diez reglas para que el chat de padres no se convierta en un problemaLa psicóloga Lara Ferreiro propone 10 pautas para que los chats de padres cumplan su función sin interferir en la autonomía de los hijos ni convertir cada dificultad escolar en un asunto de los adultos:El grupo informa; no cría. Horarios, avisos, excursiones o cambios prácticos, sí. Dirigir la vida escolar de los hijos, no.No resuelvas desde el móvil lo que tu hijo puede resolver en el colegio. Antes de intervenir, pregúntate si puede solucionarlo él mismo o hablarlo con un compañero o profesor.Nunca juzgues a un niño en un grupo de padres. Los menores no deben convertirse en objeto de debate, crítica o señalamiento colectivo.Los conflictos importantes se hablan en privado. Un problema con un profesor, otro padre o un alumno no debe tratarse en una conversación general.No conviertas la versión de tu hijo en una sentencia. Escucha lo que cuenta, pero contrasta antes de reaccionar.No hagas de abogado antes de saber si lo necesita. A veces necesitará apoyo; otras, asumir una consecuencia, pedir perdón o resolver un conflicto.No compitas por ser la madre o el padre del año. Participar en todo o mostrarlo todo no convierte a nadie en mejor progenitor.No alimentes la alarma colectiva. Antes de escribir, pregúntate si aportas información o simplemente amplificas la ansiedad.Protege la autonomía de tu hijo. Un olvido, una mala organización o una tarea sin hacer también pueden ser oportunidades para aprender.Si tu mensaje no mejora la situación, no lo envíes. Antes de pulsar “enviar”, hay que hacerse tres preguntas: ¿es cierto? ¿es necesario? y ¿es este el lugar adecuado?