0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl informe PISA divulgado ayer registra una notable caída de las capacidades de los jóvenes españoles de 15 y 16 años en materias centrales como la comprensión lectora, las matemáticas y las ciencias. Su puntuación –451 en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias– no solo está por debajo del promedio –461, 463 y 482, respectivamente– de los noventa países desarrollados participantes en el estudio que organiza la OCDE, sino que además supone un bajón respecto a los resultados obtenidos por España en el informe PISA del 2022: 23 puntos menos en comprensión lectora, 16 menos en matemáticas y 8 menos en ciencias. Dicho en otras palabras, los adolescentes españoles están ahora peor preparados que los de hace diez años. Van un año o más por detrás de lo que marca el promedio de sus colegas de la OCDE. La brecha gene­racional se ahonda cada día más.Estos resultados son los peores obtenidos por España desde el año 2000 y confirman una sostenida tendencia a la baja. Los recogidos en el informe del 2022 se atribuyeron en parte a los efectos de la pandemia sobre la educación, del mismo modo que los de 2015 se achacaron a la larga sombra de la crisis económica del 2008. Pero ya no es sensato seguir escudándose en factores circunstanciales. Quizás sea mejor apuntar a otros estructurales y globales.Los males resultados de España no son los mismos en todas las comunidades. Algunas, como Asturias, Madrid o Castilla y León, están por encima de la media nacional y, en ocasiones, de la de la OCDE. Otras, como País Vasco, Comunidad Valenciana, Melilla o Ceuta, han cosechado resultados catastróficos. Las mayores diferencias en nuestro país suelen producirse entre las autonomías con población más homogénea y aquellas en las que las tareas derivadas de la inclusión de colectivos foráneos dificultan los esfuerzos educativos colectivos. La diferencia entre Asturias y Melilla equivale a cinco cursos.España cosecha sus peores resultados en un marco de retroceso globalCatalunya, que no figura en el estudio por presentar hasta un 23% de exclusiones de alumnos de las pruebas, porcentaje muy superior al admitido por la OCDE, constituye un caso aparte y sonrojante. Es verdad que sus resultados, difundidos también ayer, pero sin valor comparativo, podrían ser considerados buenos, sobre todo en relación con la media española. Decimos “podrían ser” porque, como se apuntaba, han sido descartados, puesto que se sospecha que pretendían maquillar la realidad, al excluir a alumnos que podían haber contribuido a rebajar la calificación catalana. La consellera de Educació, Esther Niubó, admitía en una entrevista con La Vanguardia que el error asociado a las exclusiones desprestigia nuestro sistema educativo y no debe volver a producirse.La lamentable caída española y la no menos lamentable exclusión catalana se enmarcan en un retroceso global. Países como Japón o Corea del Sur, que tradicionalmente han encabezado –y siguen encabezando– la tabla de los mejores del informe PISA, han experimentado retrocesos. Noruega, con una renta muy alta y una posición destacada en anteriores informes, se ha pegado un batacazo en el de este año.Todo ello invita a pensar que, además de a razones específicamente nacionales, nos enfrentamos a causas globalizadas. Entre ellas, las particularidades de una generación plenamente digital, que ha crecido enganchada a las pantallas, perdiendo capacidad de concentración e interés por la lectura.La pérdida de habilidades intelectuales entre los jóvenes anuncia un futuro sombríoSon alarmantes las consecuencias de esta imparable transformación tecnológica y cultural, a la que en años recientes se ha sumado la expansión de la inteligencia artificial, que no siempre ayuda, ni mucho menos, al aprendizaje. Bien está sacar el mejor partido posible a las nuevas herramientas. Pero no si el precio a pagar por ello es descuidar el cultivo de la propia inteligencia, minándola progresivamente, según refleja el informe PISA.Esta generalizada pérdida juvenil de habilidades intelectuales, indispensables para abrirse camino en la vida y para contribuir al progreso de una sociedad más culta y justa, coincide en el tiempo con el auge de las fuerzas políticas iliberales o autoritarias. Tal coyuntura anuncia un futuro sombrío y aconseja a España y al resto del mundo un rearme en toda regla del sistema educativo, a salvo de vaivenes o frenos presupuestarios, así como una mayor protección de los jóvenes inmersos en la esfera digital y una recuperación del rigor, la disciplina y la autoridad en la educación. Seguir cayendo en los informes PISA es una alternativa suicida.