A finales del siglo XVIII, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele desarrolló un pigmento destinado a resolver un viejo problema: conseguir un verde intenso y asequible. Su fórmula combinaba óxido de cobre, trióxido de arsénico y agua para obtener arsenito de cobre. El resultado, conocido como verde de Scheele, era barato y, según la National Library of Medicine (NLM), proporcionaba el verde más brillante disponible en aquel momento. Su principal inconveniente estaba en su propia composición: contenía arsénico.

Hasta entonces se habían utilizado minerales como la malaquita, tierras naturales, pigmentos vegetales o verdigrís, además de mezclas de amarillo y azul. Muchos producían colores más apagados que los nuevos pigmentos sintéticos. El verde de Scheele cambió esa situación y su popularidad creció rápidamente: llegó a tejidos, papeles pintados, persianas, pinturas, juguetes, flores artificiales, pantallas de lámparas, envoltorios de caramelos e incluso colorantes alimentarios. Solo en Inglaterra se produjeron 700 toneladas en 1860.

Del verde de Scheele al verde de París

El pigmento de Scheele presentaba problemas de estabilidad y hacia 1800 apareció una alternativa: el acetoarsenito de cobre, ampliamente disponible desde 1814 y comercializado con nombres como verde de París, verde de Schweinfurt, verde Mitis o verde esmeralda. Una investigación publicada en 2024 en Heritage Science explica que este nuevo pigmento fue formulado como sustituto del anterior. También contenía cobre y arsénico, pero ofrecía un verde intenso y más estable.