Simplificando, la cerusa veneciana se fabricaba en el Renacimiento calentando una mezcla de polvo de plomo y vinagre. El resultado era una pasta grumosa que blanqueaba el rostro para cumplir con la preferencia por la palidez que tiranizaba desde la Antigua Grecia. “El maquillaje con plomo fue especialmente popular entre las mujeres del período Edo en Japón, las de la Italia del Renacimiento y las de la Inglaterra isabelina, aunque también lo emplearon mujeres francesas y aristócratas alemanas”, escribe Katy Kelleher en La terrible historia de las cosas bellas (Alpha Decay). Las mujeres se envenenaban con plomo maquillándose. Lo sabemos bien, porque se nos ha narrado cansinamente. Pobres atolondradas. Lo que no se ha contado tanto es que los ricos comían en platos de cerámica esmaltada con plomo y bebían en cálices decorados con el mismo metal. “Sin embargo”, añade Kelleher, “pese a su presencia en tantos ámbitos, ha sido su empleo cosmético lo que ha inflamado la fantasía del público, algo que no han conseguido ni las jarras ni las bañeras esmaltadas”.Algo tiene el maquillaje, que despierta ardientes reacciones casi desde que el mundo es mundo. Estos coloridos pigmentos que se usan principalmente sobre el rostro han sido condenados por moralistas de todo tipo. Son un fraude, un engaño femenino, decía Plutarco. Porque (con la excepción egipcia) el maquillaje ha sido una herramienta usada sobre todo por mujeres. Acabáramos. De ahí la extendida burla a las que se envenenaban, de esa tradición que culpa a las mujeres de su propio sufrimiento, especialmente si es uno que se han infligido para ceñirse a los cánones de belleza. No hay salida del laberinto y seguimos sin encontrarla. “No hay mujeres feas, solo vagas”, decía Helena Rubinstein hace un siglo, aunque podría ser un lema de Instagram hoy. Las mujeres deben ofrecer su mejor versión. Pero ojo, maquillarse sin que se note, sin cruzar la línea imaginaria del ‘buen gusto’, sin entregarse al exceso. Nadie dijo que fuera fácil, seguramente porque el maquillaje encarna algunas de las paradojas de ser mujer.Cuando el color se expandeQuizá por ese miedo al exceso, las pasarelas llevaban años entregadas a los matices del beis, a las pieles perfectas y a los rostros naturales, entendidos como aquellos en los que el maquillaje no es visible, pero tampoco está ausente. Hasta esta temporada, con un salto y múltiples propuestas que navegan el maximalismo: desde las que se vieron en la primera colección de Demna para Gucci, todo un ejercicio de provocación jugando con la exuberancia, hasta las referencias ochenteras en Yves Saint Laurent o Balenciaga. El movimiento no se observa solo en desfiles, también está en campañas, alfombras rojas o redes. Sabrina Carpenter ha hecho del colorete exagerado una seña personal, mientras que Jenna Ortega indaga expandiendo las posibilidades de la belleza que incomoda. Chappell Roan y Doja Cat sondean lo camp y hasta Hailey Bieber, embajadora del clean look (literalmente, limpio), abraza el ojo ahumado en su campaña para Skims. “Las imágenes de belleza están incursionando en lo provocador”, predecían desde la agencia de tendencias VML en su resumen sobre los movimientos que marcarían este año. Un abuso de pigmentos y acabados imperfectos que además conectan con la búsqueda de autenticidad, frente a las imágenes inquietantemente perfectas de la inteligencia artificial. “Marcas como Mac, Nars e Isamaya Ffrench llevan tiempo promoviendo esta visión amplia de la belleza”, proseguían desde la compañía. “Volvemos a utilizar el maquillaje como herramienta de autoexpresión y como diferenciador”, explica Xabier Rodrigues, maquillador nacional para España de Mac. “Pasamos una época de casi ausencia de maquillaje buscando una naturalidad extrema. En algunos casos sigue siendo así, pero el abanico de estilos se ha ampliado dando cabida a looks más elaborados donde el maquillaje en sí tiene un peso notorio”, continúa el artista.Trazos de brocha para diferenciarse, para divertirse o para rebelarse, con giros que se inspiran en universos apocalípticos: de Matières Fécales a Margiela. “La belleza se está convirtiendo en un vehículo para la resiliencia. Inspirada en guerreras y supervivientes de mundos distópicos, esta estética se centra menos en lo convencional y más en la resistencia”, añadían en otra de las apuestas de VML. Este enfoque tampoco es nuevo, recuerda a las imágenes que ideó en los noventa la maquilladora Inge Grognard junto a los Seis de Amberes. Ella impuso una imagen cruda que anteponía la individualidad a lo aceptado socialmente. “Era el principio de un nuevo tipo de libertad en el mundo de la belleza, donde una visión realista y agridulce de la vida conectaba mejor que una idea plastificada de la felicidad”, escribe el editor Olivier Zahm en el libro Make up 1989-2005: Inge Grognard (Zegris). No es casual que la belga, hoy una de las figuras más influyentes, fuera la responsable de inventar los maquillajes de las colecciones de Demna para Balenciaga, antes de que el georgiano se mudara a Gucci. O de las polarizantes bocas en Margiela P-V 2026, con cuatro puntadas como su logo. Su trabajo, centrado en la emoción, es buen ejemplo de cómo el maquillaje puede ser lenguaje, o sencillamente gesto artístico.Pinceladas que se cruzanEs curioso, o igual no tanto, que el maquillaje regrese cuando la naturalidad ha dejado de parecer libre. Cuando aprendimos que esa falsa discreción resultaba tremendamente reaccionaria. Además, el repeinado clean look exigía una piel perfecta que es difícil de mantener si no es a base de tratamientos, láseres, retinoles, cejas laminadas… una estética en la que el trabajo se oculta para mantener el privilegio. Controvertido, como casi siempre que aparece la palabra ‘limpieza’. Cambio de guion y vuelta al color, que no es necesariamente sinónimo de mayor libertad. En este ecosistema complejo cada curva llega por varias causas, y en este viaje tampoco falta la influencia de las redes sociales. Lo señala Marta Arce, maquilladora y codirectora creativa de la firma española U/1ST: “Antes el maquillaje estaba pensado para la distancia corta, para la conversación. Hoy también tiene que funcionar en una pantalla de pocos centímetros y captar la atención en segundos. Eso favorece colores más intensos, contrastes mayores y gestos más gráficos o más teatrales. Muchas tendencias que funcionan bien en vídeo son excesivas en la vida cotidiana”. Nada basta para frenar el scroll. “Ha sido una década donde se ha aprendido mucho sobre maquillaje (ingredientes, técnicas, texturas…) en diferentes plataformas”, prosigue Arce, destacando el papel del conocimiento en esta evolución democratizadora. “El maquillaje y su aplicación están al alcance de todos”, defendía Peter Philips, director creativo del maquillaje en Dior, en una entrevista con esta revista el año pasado. “Cualquiera tiene acceso a información sobre el tema. Los productos son cercanos y existen opciones excelentes en todos los rangos de precios. Supongo que el maquillaje en esta época se define precisamente por esta libertad, por la posibilidad de hacerlo propio”.Información, resistencia y negocio: todo se trenza y solapa. Así, tampoco es casualidad que muchas de las firmas que apuestan por el color en pasarela posean sus propios negocios cosméticos. Carolina Herrera, Gucci, Prada o Hermès son algunas de las que en la última década se han abierto paso en el ya cuajado mercado del maquillaje. Uno en el que el escaparate del desfile es una ventaja impagable para distinguirse de la viral competencia. Sobre todo cuando la moda de lujo anda buscando la salida a su crisis y el segmento del color crecerá, según la consultora McKinsey & Company, entre un 3% y un 5% al año hasta 2030.Los jóvenes empujan hacia delante. Al menos los que han entrenado una mirada libre del peso histórico de las contradicciones del maquillaje. “No tienen miedo a probar y verse diferentes, no tienen tanto miedo al cambio y a utilizarlo como una herramienta creativa”, añade Xabi Rodrigues. Igual por ahí está la salida y otra explicación a por qué, tras varios años premiando la invisibilidad del esfuerzo, se vuelve a aceptar y celebrar el artificio. Lo sintetizó Ursula K. Le Guin en 1992: “La belleza siempre tiene sus reglas. Es un juego […]. Lo odio cuando veo que provoca tanto malestar que la gente se mata de hambre y se deforma y se envenena”, reflexionaba en el ensayo Perros, gatos y bailarines. Algunas ideas sobre la belleza. “La gente se adorna desde que es gente. Flores en el pelo, tatuajes en la cara, sombra en los párpados, blusas de seda: cosas que te suben el ánimo. Cosas que te favorecen. Como le favorece a un gato negro un cojín blanco. Esa es la parte divertida del juego”, añadía. De un labio rojo que sigue la tendencia a una búsqueda consciente de exuberancia desafiante, el maquillaje seguirá despertando reacciones coléricas. Quizá haya que desdeñarlas y seguir la idea de K. Le Guin: tomárselo como un juego.Créditos:Fotografía y realización: Mirta RojoAsistente de fotografía: Maitane Huidobro
Adiós a la falsa discreción: vuelve el maquillaje excesivo, buscando sacudirse su controvertida herencia
Las pasarelas recogen un movimiento de hartazgo hacia el rostro de apariencia natural, que en realidad solo invisibilizaba el esfuerzo. Regresa el color y regresa el exceso, pero sobre todo se abren otras vías para resignificar el maquillaje







